domingo, 3 de junio de 2012

Pablo de Rokha (1894–1968)


La Balada de 
Pablo de Rokha


Yo canto, canto sin querer, necesariamente, irremediablemente, fatalmente, al azar de los sucesos, como quien come, bebe o anda y porque sí; moriría si NO cantase, moriría si NO cantase; el acontecimiento floreal del poema estimula mis nervios sonantes, no puedo hablar, entono, pienso en canciones, no puedo hablar, no puedo hablar; las ruidosas, trascendentales epopeyas me definen, e ignoro el sentido de mi flauta; aprendí a cantar siendo nebulosa, odio, odio las utilitarias, labores, zafias, cuotidianas, prosaicas, y amo la ociosidad ilustre de lo bello; cantar, cantar, cantar...—he ahí lo único que sabes, Pablo de Rokha!...


Los sofismas universales, las cosmicas, subterráneas leyes dinámicas, dinámicas me rigen, mi canción natural, polifónica se abre, se abre más allá del espíritu, la ancha belleza subconciente, trágica, matemática, fúnebre, guía mis pasos en la oscura claridad; cruzo las épocas cantando como un gran sueño deforme, mi verdad es la verdadera verdad, el corazón orquestal, musical, orquestal, dionysiaco, flota en la augusta perfecta, la eximia resonancia unánime, los fenómenos convergen a él, y agrandan su sonora sonoridad sonora, sonora; y estas fatales manos van, sonámbulas, apartando la vida externa, —conceptos, fórmulas, costumbres, apariencias,—mi intuición sigue los caminos de las cosas, vidente, iluminada y feliz; todo se hace canto en mis huesos, todo se hace canto en mis huesos.



Pus, llanto y nieblas lúgubres, dolor, solo dolor mamo en los roñosos pechos de la vida, no tengo casa y mi vestido es pobre; sin embargo, mis cantares absurdos, inéditos, modestísimos suman el pensamiento, TODO el pensamiento de la raza y la voz del instante; soy un país HECHO poeta, por la gracia de Dios; desprecio el determinismo de las ciencias parciales, convencionales, pues mi sabiduría monumental surje pariendo axiomas desde lo infinito, y su elocuencia errante, fabulosa y terrible crea mundos e inventa universos continuamente; afirmo o niego, y mi pasión gigante atraviesa tronando el pueblo imbécil del prejuicio, la mala aldea clerical de la rutina.



Atardeciendo me arrodillé junto a una inmensa y gris piedra humilde, democrática, trágica, y su oratoria, su elocuencia inmóvil habló conmigo en aquel sordo lenguaje cosmopolita e ingenuo del ritmo universal; hoy, tendido a la sombra de los lagos he sentido el llanto de los muertos flotando en las corolas; oigo crecer las plantas y morir, los viajeros planetas degollados igual que animales, el sol se pone al fondo de mis años lúgubres, amarillos, amarillos, amarillos, las espigas van naciéndome, a media noche los eternos ríos lloran a la orilla de mi tristeza y a mis dolores maximalistas se les caen las hojas;. . .«buenos días, buenos días árbol», dije al reventar la mañana sobre las rubias cumbres chilenas, y más tarde clamaba: «estrellas, SOIS estrellas, oh! prodigio...»



Mis pensamientos hacen sonar los siglos, todos los siglos; voy caminando, caminando, caminando musicalmente y mis actos son himnos, cánticos naturales, completamente naturales; las campanas del tiempo repican cuando me oyen sentirme; constituyo el principio y la razón primordial de todas las tonadas, el eco de mis trancos restalla en la eternidad, los triángulos paradójicos de mi actitud resumen el gesto, el gesto, la figura del super hombre loco que balanceó la cuna macabra del orbe e iba enseñándole a hablar.



Los cantos de mi lengua tienen ojos y pies, ojos y pies, músculos, alma, sensaciones, grandiosidad de héroes y pequeñas costumbres modestas, simplisísimas, mínimas, simplisísimas de recién nacidos, aullan y hacen congojas enormes, enormes, enormemente enormes, sonríen, lloran, sonríen, escupen al cielo infame o echan serpientes por la boca, obran, obran lomismo que gentes o pájaros, dignifican el reino animal, el reino vegetal, el reino mineral, y son bestias de mármol, bestias, bestias cuya sangre ardiendo y triste, triste, asciende a ellos desde las entrañas del globo, y cuyo ser poliédrico, múltiple, simultáneo está en los quinientos HORIZONTES geográficos; florecen gozosos, redondos, sonoros en Octubre, dan frutos rurales a principios de Mayo y Junio o a fines de Agosto, maduran todo el año y desde nunca, desde nunca; anarquistas, estridentes, impávidos, crean un individuo y una gigante realidad nueva, algo que antes, antes, algo que antes no estaba en la tierra, prolongan mi anatomía terrible hacia lo absoluto, aún existiendo independientemente; ¡tocad su cuerpo, tocad su cuerpo y os ensangrentareis los dedos MISERABLES!.. !..



Ariel y Calibán, Egipto, Grecia, Egipto y SOBRE TODO Chile, los cuadrados países prehistóricos, Jesús de Nazareth, los cielos, las montañas, el mar y los hombres, los hombres, las oceánicas multitudes, ciudades, campos, talleres, usinas, árboles, flores, sepulcros, sanatorios, hospicios u hospitales, brutos de piel terrosa y lejano mirar lleno de églogas, insectos y aves, pequeñas, arminosas mujeres pálidas; el cosmos idiota, maravilloso, maravilloso, maravilloso, maravilloso orienta mis palabras, y rodaré sonando eternamente, como el viejo nidal, como el viejo nidal, como el viejo nidal en donde anidan TODOS los gorjeos del mundo!... 







sábado, 2 de junio de 2012

Aldo Pellegrini: Ensayo III (1965)

La Acción 
       Subversiva
              de la    
                   Poesía
      
           Hay una fuerza en el hombre, proveniente del simple hecho de vivir, que condiciona su destino de modo fatal. Esta fuerza se vuelve visible a cada momento a través de las manifestaciones del amor, que tiende a trascender del individuo en una comunión con el todo, tiene sus propias leyes irreductibles a los esquemas racionales. La poesía aparece como expresión de ese impulso hacia el cumplimiento de un destino vital, y la fatalidad de ese destino se revela en la poesía como un hecho indiscutible. La poesía no es, por consiguiente, un lujo o un divertimiento, sino una necesidad, del mismo modo que lo es el amor. Todas las otras necesidades, aun las más perentorias, están subordinadas a esos dos, que en definitiva son los dos aspectos de una misma energía primordial que le confiere su verdadero sentido a la vida. Si penetramos profundamente en el significado del viejo refrán "No sólo de pan vive el hombre" comprobaremos que la lúcida sabiduría popular llega a una convicción análoga. Prescindir de la poesía equivaldría a renunciar a la vida.

Considerado así, lo poético no reside sólo en la palabra; es una manera de actuar, una manera de estar en el mundo y convivir con los seres y las cosas. El lenguaje poético en sus distintas formas (forma plástica, forma verbal, forma musical) no hace más que objetar de un modo comunicable, mediante los signos propios de cada lenguaje particular, esa fuerza expansiva de lo vital. Como consecuencia, el mundo poético está en todos, en la medida en que cada hombre es un ser integral. La clara consigna de Lautréamont, "La poesía debe ser hecha por todos", no tiene otro sentido. Aquel que ignora la poesía es un mutilado, tal como lo es aquel que ignora el amor.

La última afirmación podría sugerirnos la idea de que vivimos en un mundo de mutilados, pero no es así: lo que habitualmente encontramos no es la falta de impulso poético sino su represión. Y está reprimido porque vivir hacia lo ilimitado, como exige la poesía, es decir, vivir en la dimensión total, no resulta conveniente para las fuerzas opresoras que dominan el mundo. Aceptar ese modo de vivir significaría prestarle al hombre un carácter casi divino, lo que no interesa a los detentadores del poder, que prefieren considerar al hombre como un objeto, como algo inmóvil y sin dimensión. Para anular a la poesía se ha creado toda una organización de falso pudor, parecida a la que existe para limitar la extensión del amor. Por el crimen de pornografía se concena al amor sin trabas. Parecida condena de pornografía amenaza a la poesía auténtica, sin trabas. Los dos procesos que abren el camino de la libertad, de la acentura, de lo imprevisto y de la exaltación, se ven constreñidos a la categoría de parias sociales.

Abierto el camino de la libertad por la poesía, se establece automáticamente su acción subversiva. La poesía se convierte entonces en instrumento de lucha en pro de una condición humana en consonancia con las aspiraciones totales del hombre. Ceder a la exigencia de la poesía significa romper las ataduras creadas por el mundo cerrado de lo convencional.

Esta función de ruptura no pasa inadvertida para quienes aspiran a una conviviencia basada en la sumisión. Tampoco pasa inadvertida la importancia, la verdadera necesidad de la poesía como factor de expresión vital. La solución contemporánea de estos dos problemas la logran los detentadores del poder domesticando a los poetas, volviéndolos inofensivos, para que ofrezcan un producto falsificado o desnaturalizado que con el título de poesía reciba los honores oficiales, las prebendas. Así se logra un alimento sustitutivo de la pasión poética, que puede designarse con el nombre de poesía "oficial" y que es la negación total de la poesía. Así se alcanza el ideal de los carceleros: lanzar a los poetas contra la poesía.

Por este mecanismo de sustitución, el verdadero poeta queda fuera de la ley, y para darle a su engañifa características de consenso, los carceleros someten a los poetas a la repulsa de la opinión pública. Los detentadores del poder fabrican la llamada opinión pública, y ésta actúa dócilmente en defensa de los intereses que propician la sumisión. La opinión pública es la opinión de los hombres sin opinión, y éstos condenan la poesía. En el momento en que la poesía es colocada fuera de la ley aparece como consecuencia ineludible la figura del poeta repudiado: la poesía se vuelve maldita.

No todos los poetas ceden a la presión del poder y de la opinión pública. Dante, Villon, Blake, Rimbaud, Lautréamont, Artaud, agitaron en una u otra forma el látigo liberador. Pero hay poetas que se rinden, que claudican, y esta claudicación se obtiene a veces por los medios más indirectos. Uno de los medios indirectos de sumisión, en el que caen a menudo verdaderos poetas es el esteticismo. El arte por el arte significa siempre un arte sometido, que rehuye el peligro y busca el calor de los aplausos.

Pero esto no quiere decir que la acción subversiva de la poesía se realice mediante el tratamiento directo de los temas de subversión. No necesita por ejemplo, cantar a la libertad (palabra degradada por los falsarios de todos los colores) pues cantar a la libertad ha demostrado ser uno de los recursos de los propiciadores de la esclavitud. La libertad vive en la poesía misma, en su manera de expandirse sin trabas, en su poder explosivo. Está implícita en el acto de la creación, en ese modo de surgir de las zonas del espíritu donde reina la insumisión, donde es libre en todas las dimensiones. Libre de los esquemas de la razón, libre de las normas sociales, libre de las prohibiciones, libre de los prejuicios, libre de los cánones, libre del miedo, libre de las rigideces morales, libre de los dogmas, libre de sí misma. En esa zona del espíritu vive la experiencia milenaria de la especie, vive el sentido del hombre, se forman los deseos y las formas impulsoras de la dinámica vital. Allí se establece el vínculo real con el mundo a través de la única vía libre que lleva al universo todo. En esa zona se gesta el milagro, nace la excepción. La poesía tiene allí su imperio, y allí están las fuentes de la imaginación creadora que participa con las potencias del amor en la construcción del ser auténtico, que cuando se lo percibe dentro de sí determina la aparición de un orgullo silencioso y secreto, un orgullo que toma frecuentemente la apariencia de la humildad, y que es patrimonio casi exclusivo, en su monstruosa magnitud, de los santos y de los poetas.

La acción subversiva se manifiesta al ofrecernos la poesía la imagen de un universo en metamorfosis en oposición al universo rígido que nos imponen las conversaciones. La imagen poética en todas sus formas actúa como desintegradora de ese mundo convencional, nos muestra su fragilidad y su artificio, lo sustituye por otro palpitante y viviente que responde al deseo del hombre. Por eso la poesía auténtica degrada a quienes aspiran a existir en un medio dominado por la quietud, un medio pasivo, sin riesgos y sin imprevistos. Ese medio es un esquema irreal, abstracto, desvitalizado; es el falso mundo de la seguridad, que se parece más a un mundo de fantasmas que las más desaforadas creaciones de la imaginación poética. Para completar la paradoja, los defensores de ese mundo irreal se llaman a sí mismos, realistas.

Una actitud disconformista señala el paso inicial que dirige al hombre hacia el centro de acción de la poesía. El poeta se coloca frente a la sociedad aceptada y manejada por los conformistas. La maquinaria social al servicio de una organización deshumanizada reduce a los hombres a números, y cierra todos los caminos. Los que sueñan con el poder, cualquiera que fuere el mecanismo de éste (el dinero, la fuerza, el soborno, el chantaje, la política, el terror) tienden a reducir la conciencia de los hombres a cero. El mundo se convierte así en un reducto sin puertas ni ventanas, domine el patrón oro, o domine la burocracia. La poesía abre puertas y ventanas tanto hacia afuera, hacia el mundo, como hacia adentro, hacia el hombre.

Pero indudablemente la poesía, al introducirnos en el misterio de lo real, nos descubre una vasta zona de peligro, una región inquietante y turbadora. Muchas veces lo poético toma la forma de un acto de violenta provocación y aparece como antipoético, como negador de la creación. Cuando Marcel Duchamp expuso una rueda de bicicleta o un portabotellas con la pretensión de que constituyesen obras de arte, realizó un acto poético del más alto valor subversivo. Lo mismo Rimbaud, al renunciar a la poesía, lleva a su extremo límite la actitud subversiva del poeta. La insumisión alcanza ese límite extremo en el momento en que proclama la negación de la poesía, y ese momento aparece cuando la poesía está seriamente amenazada de domesticidad. Así, lo antipoético se convierte en el valor supremo de subversión y en el mecanismo utilizado por los verdaderos poetas en defensa de la poesía en peligro, para reconquistar su fuerza liberadora. Mediante lo antipoético, se retorna al punto cero, en contacto con la fuente originaria, con el fuego central.

En el proceso utilizado para domesticar a los poetas, el aplauso, el consenso elogioso, la popularidad, son los factores más peligrosos. El poeta que sucumbe a la tormenta de los aplausos debe pensar que los imbéciles, que forman la gran masa de los llamados entendidos, no se equivocan nunca: sólo aclaman lo inofensivo. El poeta debe desconfiar de ese aplauso, de ese elogio unánime, con el que fabrican las rejas de su prisión. Por eso Bretón lanzó un alerta lúcido a los poetas al decir: "La aprobación del público debe rehuirse por encima de todo". Pues un poeta domesticado por el elogio tiene más valor para los predicadores de la sumisión que los inocentes versificadores que ellos presentan como sustituto. El poeta domesticado se convierte en ejemplo de la inutilidad de ser libre. Como el león domesticado, es una caricatura grotesca de un gran señor de la libertad, y sus rugidos adquieren entonces acentos de canto de ruiseñor. No es la confortable y estéril placidez de los parques artificiales la que conviene al poeta; su poder combativo y creador se exalta en la sorda lucha de la selva, y para el poeta de hoy la selva ha encontrado residencia en las grandes metrópolis, donde brotan del suelo gigantescos rascacielos, donde la vida se ve vuelta en la mañana inextricable y despiadada de un mundo mecanizado, y hombres-serpientes y hombres-chacales pululan por las calles.

El humor es el elemento que provee a la poesía de su mayor virulencia. Acerado como la luz, el humor se constituye en la vanguardia combativa en pro de la autenticidad del ser. Con su filo luminoso corta la oscuridad, y aporta el fuego que consume lo muerto y reanima lo vivo. Contiene el feroz deseo del hombre en su virtualidad renovadora, que corroe el mundo de lo inmóvil y lo opaco.

Latente o concreta, la subversión contenida en la poesía auténtica no ofrece dudas; pero la poesía no se reduce a un acto negativo puro: contemporáneamente a su acción provocadora afirma su fe en un mundo mejor que responda a la íntima realidad del hombre. Por eso sostiene una posición de recuperación de todos los antiguos mitos que ofrecen salida al desamparo: el mito del paraíso terrenal, el mito de la edad de oro. La poesía cree en esos mitos así como cree en la fuerza todopoderosa del amor. En esa común pasión coinciden los poetas con los fundadores de religiones. Esa es la causa por la que El sermón de la montaña se reúne con Así hablaba Zaratustra en la misma defensa del hombre. También los poetas hacen suya la memoria de los mártires que buscaron cambiar la condición humana, pues las torturas infligidas a los santos, a los revolucionarios y a los poetas, tienen todas el mismo significado de persecución del espíritu poético, de aniquilación del hombre que no se resigna a un destino sórdido. En una misma veneración se engloba a Jesucristo, Giordano Bruno, el obrero-poeta Bartolomeo Vanzetti y Antonin Artaud.

En una época como la actual, en la que la poesía tiende a la domesticación por los más variados mecanismos en los más variados regímenes sociales, los poetas auténticos se encuentran siempre alertas, aunque estén reducidos a la soledad o compelidos por la fuerza y el terror. De pronto aparecen los Vosnesensky, los Evtuchenko para recordar los derechos inalienables del hombre. Estamos próximos al momento en que la revolución en defensa del hombre se desarrollará en el plano de lo poético.




[Para contribuir 

a la confusión general, 1965] 






miércoles, 30 de mayo de 2012

Ernesto Sábato: Hombres y Engranajes (1951)


La Esencia del   
   Renacimiento
     

                 El DESPERTAR DEL   
                            HOMBRE LAICO 

Cuando por primera vez estudié la historia mundial, en el colegio secundario, fui sorprendido por las extrañas virtudes del ejército turco, que más o menos se sintetizaban así: en 1453 tomaba Constantinopla y ponía fin, de tal manera, a la Edad Media; inmediatamente, una cantidad de señores se ponían a refutar a Aristóteles con pesas que caían de una torre y planos inclinados, o mirando a través del tubo de un telescopio. Esta doctrina sobre las propiedades del ejército turco es bastante popular y, aunque no sea con tal nitidez, figura en muchos textos escolares. Y hasta tal punto domina en la enseñanza que al doblar el cabo del año 1453 se pasa a otro volumen y a otro año de estudios. Cuando ya de grande me interesé por la historia de la ciencia, encontré que en aquella época tenebrosa que antecedió a la caída de Constantinopla los europeos habían inventado o reinventado la pólvora, la imprenta, las armas de fuego, la brújula, la pintura al óleo, las catedrales, el molino de viento, el molino de agua, las lentes, el timón, la exclusa, la forja de fuelle, la medicina y la cirugía, el reloj mecánico, los fundamentos de la ciencia experimental, los vitrales, los esmaltes, los mapas matemáticos, la navegación de altura, la industria de los tejidos y del vidrio. ¿Quiénes habían elaborado todo eso? En general, es peligroso cortar la historia en pedazos. Pero, si debemos buscar el viraje que originó nuestra civilización, hay que buscarlo en la época de las Cruzadas. Es ahí, en las comunas burguesas, donde verdaderamente se inician los Tiempos Modernos, con una nueva concepción del hombre y su destino. Entre el derrumbe del Imperio Romano y el despertar del siglo XII el mundo occidental se sume en lo que propiamente debería llamarse "edad media". El hombre se sumerge en los valores espirituales y sólo vive para Dios: el dinero y la razón emigran hacia mejores territorios, refugiándose en Bizancio, en el imperio musulmán, entre los judíos. Bajo la doble presión de la ética cristiana y del aislamiento militar, el hombre de Occidente renunció durante seis siglos a las dos potencias que mejor parecen representar los halagos de la materia y del pensamiento, la tentación del espíritu mundano. Es difícil precisar por qué despierta Occidente. Lo que sucede es el resultado de infinitos factores, desde una ética hasta la belleza de una mujer, desde una estructura económica hasta el poder de convicción de un fanático a caballo. Es muy difícil, y a menudo muy bizantino, establecer las causas últimas de un acontecer histórico; parece mejor tomar el hecho en su totalidad, como una estructura cerrada.

Hacia la época de las Cruzadas comienza el despertar de Occidente, gracias a un conjunto de factores concomitantes: el debilitamiento del poder musulmán, la relativa tranquilidad de las ciudades después de tantos siglos de lucha y destrucción, la pérdida de las esperanzas en el advenimiento del reino de Dios sobre la tierra, la reapertura del comercio mediterráneo. ¿Cuál de todos ellos es el factor último? No es fácil discriminarlo, Pero en cambio es fácil advertir que debajo de todos ellos actúan dos fuerzas fundamentales: la razón y el dinero. El levantamiento de la razón comienza en el seno de la teología hacia el siglo XI, con Berengario de Tours. San Pedro Damián combate esta tentativa, manifestando su desconfianza por la ciencia y la filosofía, poniendo en duda la validez de las leyes del pensamiento y, en particular, la validez absoluta del principio de contradicción, que aunque rige en el mundo de lo finito —afirma— no rige para el ser divino.

La polémica se agudiza con Abelardo, quien sostiene que no se debe creer sin pruebas: sólo la razón debe decidir en pro o en contra. Es silenciado por San Bernardo, pero representa, en pleno siglo XII, el heraldo de los tiempos nuevos, en que la inteligencia, ya desenfrenada, no reconocerá otra soberanía que la de la razón. "¡Oh, Jesús! —exclamará un teólogo en estado de embriaguez racionalista—. ¡Cuánto he reforzado y ensalzado Tu doctrina! En verdad, si fuera Tu enemigo, podría invalidarla y refutarla con argumentos todavía más poderosos."
Pero para que esa soberanía de la razón se estableciera, era menester el afianzamiento de su aliado el dinero. Entonces, toda la gigantesca estructura de la Iglesia y de la Feudalidad se vendrá abajo. El dinero había aumentado silenciosamente su poderío en las comunas italianas desde las Cruzadas. La Primera Cruzada, la Cruzada por antonomasia, fue la obra de la fe cristiana y del espíritu de aventura de un mundo caballeresco, algo grande y romántico, ajeno a la idea de lucro. Pero la historia es tortuosa y era el destino de este ejército señorial servir casi exclusivamente al resurgimiento mercantil de Europa: no se conservaron ni el Santo Sepulcro ni Constantinopla, pero se reanudaron las rutas comerciales con Oriente. Las Cruzadas promovieron el lujo y la riqueza y, con ellos, el ocio propicio a la meditación profana, el humanismo, la admiración por las ciudades de la antigüedad.

Así comenzó el poderío de las comunas italianas y de la clase burguesa. Durante los siglos XII y XIII, esta clase triunfa por todos lados. Sus luchas y su ascenso provocaron transformaciones de tan largo alcance que hoy sentimos sus últimas consecuencias. Ya que nuestra crisis es la reducción al absurdo de aquella irrupción de la clase mercantil.


DEL NATURALISMO A LA MÁQUINA

Al despertar del largo ensueño del Medioevo, el hombre redescubre el mundo natural y al hombre natural, el paisaje y su propio cuerpo.
Su realidad será ahora secular y profana, o tenderá a serlo cada vez más, pues una visión del mundo no cambia instantáneamente. Pero lo que importa es ver las líneas de fuerza que ocultamente empiezan a dirigir la orientación de una sociedad, la inquietud de sus hombres, la dirección de sus miradas; sólo así puede saberse lo que va a acontecer visiblemente varios siglos después. La profanidad de Rafael no se explica sin esa oculta tensión de las líneas de fuerza que empiezan a actuar ya en el siglo XII. Entre un Giotto y un Rafael —comienzo y fin de un proceso— hay toda la distancia que media entre un pequeñoburgués profundamente cristiano, todavía sumergido hasta la cintura en la Edad Media, y un artista mundano, emancipado de toda religiosidad.

La vuelta a la naturaleza es un rasgo esencial de los comienzos renacentistas y se manifiesta tanto en el lenguaje popular como en las artes plásticas, en la literatura satírica como en la ciencia experimental. Los pintores y escultores descubren el paisaje y el desnudo. Y en el redescubrimiento del desnudo no sólo influye la tendencia general hacia la naturaleza, sino el auge de los estudios anatómicos y el espíritu igualitario de la pequeña burguesía: porque el desnudo, como la muerte, es democrático. La primera actitud del hombre hacia la naturaleza fue de candoroso amor, como en San Francisco. Pero dice Max Scheler que amar y dominar son dos actitudes complementarias, y a ese amor desinteresado y panteístico siguió el deseo de dominación, que habría de caracterizar al hombre moderno. De este deseo nace la ciencia positiva, que no es ya mero conocimiento contemplativo, sino el instrumento para la dominación del universo. Actitud arrogante que termina con la hegemonía teológica, libera a la filosofía y enfrenta a la ciencia con el libro sagrado. El hombre secularizado —animal instrumentificum— lanza finalmente la máquina contra la naturaleza, para conquistarla. Pero dialécticamente ella terminará dominando a su creador.


EL DIABLO REEMPLAZA A LA METAFÍSICA

El fundamento del mundo feudal era la tierra; como consecuencia, esta sociedad es estática, conservadora y espacial. En cambio, el fundamento del mundo moderno es la ciudad; la sociedad resultante es dinámica, liberal y temporal. En este nuevo orden prevalece el tiempo sobre el espacio, porque la ciudad está dominada por el dinero y la razón, fuerzas móviles por excelencia. La dinámica es una rama moderna de la física, contemporánea de la industria y de la balística del Renacimiento; los antiguos sólo habían desarrollado la estática. La característica de la nueva sociedad es la cantidad. El mundo feudal era un mundo cualitativo: el tiempo no se medía, se vivía en términos de eternidad y el tiempo era el natural de los pastores, del despertar y del descanso, del hambre y del comer, y del amor y del crecimiento de los hijos, el pulso de la eternidad; era un tiempo cualitativo, el que corresponde a una comunidad que no conoce el dinero.

Tampoco se medía el espacio, y las dimensiones de las figuras en una ilustración no correspondían a las distancias ni a la perspectiva: eran expresión de la jerarquía. Pero cuando irrumpe la mentalidad utilitaria, todo se cuantifica. En una sociedad en que el simple transcurso del tiempo multiplica los ducados, en que "el tiempo es oro", es natural que se lo mida, y que se lo mida minuciosamente. Desde el siglo XV los relojes mecánicos invaden Europa y el tiempo se convierte en una entidad abstracta y objetiva, numéricamente divisible. Habrá que llegar hasta la novela actual para que el viejo tiempo intuitivo sea recuperado por el hombre.

El espacio también se cuantifica. La empresa que fleta un barco cargado de valiosas mercancías no va a confiar en esos dibujos de una ecumene rodeada de grifos y sirenas: necesita cartógrafos, no poe¬tas. El artillero que debe atacar una plaza fuerte necesita que el matemático le calcule el ángulo de tiro. El ingeniero civil que construye canales y diques, máquinas de hilar y de tejer, bombas para minas; el constructor de barcos, el cambista, el ingeniero militar, todos ellos tienen necesidad de matemática y de un espacio cuadriculado. El artista de aquel tiempo surge del artesano —en realidad de la misma persona— y es lógico que lleve al arte sus preocupaciones técnicas. Piero della Francesca, creador de la geometría descriptiva, introduce la perspectiva en la pintura. Entusiasmados con la novedad, los pintores italianos comienzan a emplear una perspectiva abundante y muy visible, como nuevos ricos de este arte geométrico. El viejo Uccello se extasía tanto ante el invento, que su mujer tiene que reclamarlo repetidas veces para la comida. Leonardo escribe en su Tratado: "Dispon luego las figuras de hombres vestidos o desnudos de la manera que te has propuesto hacer efectiva, sometiendo a la perspectiva las magnitudes y medidas, para que ningún detalle de tu trabajo resulte contrario a lo que aconsejan la razón y los efectos naturales". Y en otro aforismo agrega: "La perspectiva, por consiguiente, debe ocupar el primer puesto entre todos los discursos y disciplinas del hombre. En su dominio, la línea luminosa se combina con las variedades de la demostración y se adorna gloriosamente con las flores de las matemáticas y más aún con las de la física".
Según Alberti, el artista es ante todo un matemático, un técnico, un investigador de la naturaleza.
Y así, también, irrumpe la proporción. El intercambio comercial de las ciudades italianas con Oriente facilitó el retorno de las ideas pitagóricas, que habían sido corrientes en la arquitectura romana. Pero es con la emigración de los eruditos griegos de Constantinopla cuando en Italia comienza el real resurgimiento de Platón y, a través de él, de Pitágoras. Cosimo recoge a los sabios y él mismo sigue sus enseñanzas en la Academia de Florencia. De este modo, el misticismo numerológico de Pitágoras celebra matrimonio con el de los florines, ya que la aritmética regía por igual el mundo de los poliedros y el de los negocios. Con razón sostiene Simmel que los negocios introdujeron en Occidente el concepto de exactitud numérica, que será la condición del desarrollo científico. El viejo tirano dejaba sus múltiples preocupaciones para asistir, embelesado, a las discusiones académicas; y, por un complicado mecanismo, Sócrates lo aliviaba del último envenenado. Lo mismo, más tarde, su nieto Lorenzo: "Sin Platón, me sentia incapaz de ser buen ciudadano y buen cristiano", aforismo paradójico que no le impedía degollar o ahorcar a sus enemigos políticos.

Nada muestra mejor el espíritu del tiempo que las obras de Luca Pacioli, especie de almacén en que se encuentran desde los inevitables elogios al duque hasta las proporciones del cuerpo humano, desde contabilidad por partida doble hasta la trascendencia metafísica de la Divina Proporción: "Esta nuestra proporción, oh excelso Duque, es tan digna de prerrogativa y excelencia como la que más, con respecto a su infinita potencia, puesto que sin su conocimiento muchísimas cosas muy dignas de admiración, ni en filosofía ni en otra ciencia alguna, podrían venir a luz". Sucesivamente la califica de divina, exquisita, inefable, singular, esencial, admirable, innominable, inestimable, excelsa, suprema, excelentísima, incomprensible y dignísima. Parece como si hablara del propio Duque de Milán. Este concepto pitagórico tuvo influencia en casi todos los artistas del Renacimiento italiano, así como en Durero. Pero también se extendió al campo de las ciencias, como puede observarse en los trabajos de Cardano, Tartaglia y Stevin. Finalmente, reaparece en la mística de la armonía kepleriana y en las hipótesis estético-metafísicas que sirvieron de base a las investigaciones de Galileo. Porque los que piensan que los hombres de ciencia investigan sin prejuicios estético-metafísicos tienen una idea bastante singular de lo que es la investigación científica. Este es el hombre moderno. Conoce las fuerzas que gobiernan el mundo, las tiene a su servicio, es el dios de la tierra: es el diablo. Su lema es: todo puede hacerse. Sus armas son el oro y la inteligencia. Su procedimiento es el cálculo.

Jacobo Loredano asienta en su Libro Mayor: "Al Dux Foscari, por la muerte de mi hijo y de mi tío". Después de haber eliminado a Foscari y a su hijo, agrega: "Pagado". Gianozzo Manetti ve en Dios algo así como el maestro duno traffico. Villani considera que las donaciones y limosnas son una forma contractual de asegurarse la ayuda
divina. Inocencio VIII instaura un banco de indulgencias, en donde se venden absoluciones por asesinatos. Esta mentalidad calculadora de los mercaderes se extiende en todas direcciones. Empieza por dominar la navegación, la arquitectura y la industria. Con las armas de fuego invade el arte de la guerra, a través de la balística y la fortificación. Se desvalorizan la lanza y la espada del caballero, a la bravura individual del señor a caballo sucede la eficacia del ejército mercenario.
A estos ingenieros no les interesa la Causa Primera. El saber técnico toma el lugar de la preocupación metafísica, la eficacia y la precisión reemplazan a la angustia religiosa. Para juzgar hasta qué punto esto es la esencia del espíritu burgués, véase la crítica que Valéry hace a la metafísica en Leonardo y los filósofos: aunque falaz, es la misma que hace Leonardo, la misma que hacen los pragmatistas y positivistas, esos ingenieros de la filosofía.
La mentalidad calculadora invade finalmente la política: Maquiavelo es el ingeniero del poder estatal. Se impone una concepción dinámica e inescrupulosa. Que no reconoce honor, ni derechos de sangre, ni tradición. ¡Qué lejos estamos de aquella cristiandad unida en su fe contra los infieles! El Papa Alejandro VI intenta la alianza de los turcos contra los venecianos. Las dinastías se levantan y se liquidan mediante el puñal de asesinos a sueldo, a tantos ducados por cabeza. El poder es el ídolo máximo y no hay fuerzas que puedan impedir el desarrollo de los planes humanos. Leonardo, en sus laboriosas noches del hospital Santa María, inclinado sobre el pecho abierto de los cadáveres, busca el secreto de la vida y de la muerte, quiere ver cómo Dios crea seres vivos, ansia suplantarlo, exclama: "Voglio fare miracoli!".



COMPLEJIDAD Y DRAMA DEL HOMBRE RENACENTISTA

Estamos hablando de las fuerzas dominantes, pero es necesario que ahora consideremos las contrafuerzas. El Renacimiento, como cualquier época, sólo puede ser profundamente juzgado si se lo pien¬sa como la lucha y la síntesis de fuerzas encontradas. La afirmación (provisoria y parcial ) de que el Renacimiento es un proceso de se¬cularización no implica negar el misticismo de Savonarola o de Mi¬guel Ángel. Bastaría sentir por un instante, en el Palazzo del Bargello, la tierna y estremecida actitud del San Giovannino, de Donatello, para comprender hasta qué punto es trivial aquella creencia so¬bre la mera profanidad del Renacimiento.
Una doctrina no traduce unívocamente una época, sino se for¬ma de manera compleja; en parte por el desarrollo autónomo y pu¬ramente intelectual de las ideas anteriores —por o en contra de esas ideas—, en parte como manifestación del espíritu de su tiempo. Y también esto de manera polémica: al espíritu religioso de la Edad Media sucede el espíritu profano de la burguesía; pero, al asumir és¬te sus formas más groseras, suscita la reacción mística de Savonarola. Artistas como Miguel Ángel y Botticelli fueron intensamente conmovidos por esta reacción, y no sólo no contradicen la profani¬dad del Renacimiento, sino que son su consecuencia.
Por eso es falso afirmar que "el Renacimiento es una vuelta a la antigüedad". La historia no retorna jamás. Lo que hay es un retorno de ciertas características del espíritu grecolatino, en la medida en que también había sido un espíritu ciudadano, el producto de una cultura de ciudades, una civilización.
Mas las ciudades renacentistas eran ciudades distintas de las antiguas y bastaría la sola existencia del cristianismo para diferenciar radicalmente esta nueva civilización de la antigua. ¿Cómo sería posible comparar el realismo de un espíritu cristiano como Donatello con el realismo de un escultor griego? La importancia del cristianismo se revela hasta en aquella actividad del espíritu que, por su naturaleza, parece más alejada: la ciencia positiva. Mucho se sorprenderían los anticlericales de barrio si se les dijese que la ciencia occidental nació gracias a la Iglesia, y no obstante es así. Creo posible explicar aquel proceso de la siguiente manera:
       
                 Durante la Edad Media, la Iglesia está caracterizada por dos temas: el dogma y la abstracción. La burguesía aparece caracterizada por los dos temas contrapuestos: la libertad y el realismo. Entre los clérigos y los burgueses están los humanistas. El sentido naturalista, concreto, vivo del humanismo, frente a la aridez escolástica, lo hace un aliado de la burguesía: con su paganismo, conmueve los fundamentos de la Iglesia, es revolucionario, ayuda al ascenso de la nueva clase; los dos temas de la burguesía —libertad y realismo— son los suyos propios; y no es extraño, en consecuencia, que la mayor parte de los humanistas proviniesen de la clase mercantil. Al otorgar a los escritos de los antiguos tanto valor como a la Biblia, el cristianismo se hizo irreconocible en estos hombres; la yuxtaposición de ambos cultos tenía que conducir a la indiferencia y finalmente al ataque de la moral cristiana y de las instituciones eclesiásticas, paso que dio Lorenzo Valla, esa especie de protestante avant la lettre. Pero en el momento en que el humanismo se extasía con la antigüedad, en el momento en que hace de su culto un juego cortesano y exquisito, se vuelve conservador y reaccionario: técnicos como Leonardo, los hombres que mejor representan el espíritu de la modernidad, mirarán como a charlatanes a los señores que se pasaban el día discutiendo en la Academia, a esos pedantes que habían vuelto la espalda al lenguaje popular para entregarse a la vana resurrección del latín, a esos presuntuosos que habían dejado de llamarse Fortiguerra o Wolfgang Schenk para convertirse, grandiosamente, en Cartero-machus y Lupambulus Ganimedes. De esta manera, el humanismo pasa del tema de la libertad al tema del dogma, al dogma de la antigüedad. Y de la revolución pasa a la reacción.

En cuanto al burgués, había insurgido como realista, preocupándose solamente por lo que tenía delante de las narices, desconfiando de toda suerte de abstracciones. Pero con palancas y ruedas no se hace la ciencia moderna: es necesario unir los hechos en un esquema racional y abstracto. Por eso, paradójicamente, la ciencia positiva no pudo surgir sin la ayuda de la Iglesia, pues mientras su faz técnica y utilitaria proviene de la burguesía, su lado teórico, la idea de una racionalidad del Universo (sin la cual ninguna ciencia es posible), proviene de la escolástica. De este modo, apenas la burguesía ha llegado a la etapa de la ciencia, hace suyo el tema de la abstracción, que caracterizaba a la escolástica, pero lo instrumenta a su modo, uniéndolo al saber concreto y utilitario, entrelazándolo a los poderes temporales de la máquina y el capitalismo y, a través del número, al tema de la belleza en la proporción, que era típico del humanismo. Y así, en este fugaz reinado pitagórico, oímos la última parte de una compleja partitura, en que todos los temas iniciales aparecen complicados y entrelazados de tal manera que apenas puede distinguirse a Platón de Aristóteles, a las preocupaciones prácticas de las metafísicas, a la aridez escolástica de la intuición concreta. Pero esto no es todo. Además del cristianismo, hay dos fuerzas que complican aun más el proceso renacentista.
Como dice Jung, el proceso cultural consiste en una dominación progresiva de lo animal en el hombre, un proceso de domesticación que no puede llevarse a cabo sin rebeldía por parte de la naturaleza animal, ansiosa de libertad. De tiempo en tiempo, una especie de embriaguez acomete a la humanidad, que ha ido entrando por las vías de la cultura. La antigüedad experimentó esa embriaguez en las orgías dionisíacas, desbordadas de Oriente, y que cons¬tituyeron un elemento esencial y característico de la cultura clásica. Según la ley ya establecida por Heráclito de la enantiodromía, o contracorriente, todo marcha hacia su contrario, y a la orgía dionisíaca tenía que seguir, fatalmente, el ideal estoico y luego el ascetismo de Mitra y de Cristo; hasta que, con el Renacimiento, un nuevo, tu¬multuoso y adolescente entusiasmo intenta el dominio del espíritu humano. Este espíritu dionisíaco explica la duplicidad de muchos grandes hombres del Renacimiento, que en ciertos casos llevará hasta la neurosis. Un ejemplo sencillo lo tenemos en la ciencia: ni Leonardo ni ninguno de los precursores tuvieron una idea sistemática de la racionalidad. En todo el Renacimiento se asiste a una lucha entre la magia y la ciencia, entre el deseo de violar el orden natural —¡y qué sexual es hasta la misma expresión!— y la convicción de que el poder sólo puede adquirirse en el respeto de ese orden. En uno de sus aforismos, dice Leonardo: "La naturaleza no quebranta jamás sus leyes"; pero en uno de sus arrebatos demiúrgicos, exclama con soberbia: "¡Quiero hacer milagros!". Es probable que su conciencia pensara en ese ins¬tante en milagros "científicos", pero es seguro que su inconsciencia soñaba con milagros genuinos. El Renacimiento está saturado de brujerías. La obra de los alquimistas y astrólogos es eminentemente renacentista, y no poco de la química y de la astrología de nuestro tiempo tiene origen en aquellas desaforadas investigaciones. El Re¬nacimiento es demoníaco, por lo mismo que busca el dominio de la tierra.

Roger Bacon, el doctor mirabilis, padre de nuestra ciencia ex-perimental, era tenido por un poderoso mago: condensando el aire, había construido un puente de treinta millas entre Inglaterra y el continente, y por él había pasado con toda su comitiva, desvanecién-dolo detrás de sí. Con el arte pasan cosas similares: la duplicidad del espíritu renacentista nos explica esa especie de insatisfacción neurótica que nos parece intuir en la obra de tantos artistas renacentistas, y quizá en los más grandes: ya en la angustiosa y romántica escultura de Miguel Ángel, como en la melancólica pintura de Botticelli. Como ha señalado Berdiaeff, el hombre occidental ya no podía volver ingenuamente a la naturaleza, en el estado de ánimo del griego, porque de por medio estaba el cristianismo y así, mientras los antiguos lograron la perfección en el arte, el Renacimiento sufrió siempre los efectos de ese radical desdoblamiento del espíritu: ímpetu profano, herencia cristiana. En los hombres del cuatrocientos se siente la añoranza por la perfección clásica, que ya nunca más será alcanzable: la disociación que la conciencia cristiana ha establecido entre la vida divina y la terrena, entre lo eterno y lo perecedero, no podrá ser superada más en el curso de nuestra historia.

Esa disociación es más intensa en los países germánicos que en Italia, porque éste era un país antiguo, y no es asombroso que en ella hasta los mismos papas hayan sucumbido a la actitud profana. La irrupción gótica es la otra y potente fuerza de la modernidad, fuerza que ya oculta, ya aparente, hará que el conflicto básico de nuestra civilización sea más dramático, hasta terminar primero con la rebelión protestante y más tarde con la rebelión romántica y existencial. En la arquitectura gótica, angustiosamente estirada hacia arriba, incapaz de la medida y de la perfección grecolatinas, ve Berdiaeff la materialización de ese conflicto del alma europea, de ese carácter de imposible que es el rasgo característico de toda la cultura cristiana. En suma, si por Renacimiento consideramos no el mero, estrecho y falso concepto de los humanistas, sino el comienzo de los tiempos modernos, hay que tomarlo como el despertar del hombre profano, pero en un mundo profundamente transformado por lo gótico y lo cristiano. Como una civilización que simultáneamente produce palacios en estilo antiguo y catedrales góticas, pequeños burgueses anticlericales como Valla y espíritus religiosos como Miguel Ángel, literatura realista y satírica como Boccaccio y un vasto drama cristiano como La Divina Comedia. Olvidemos de una vez por todas las viejas fórmulas de los humanistas, para quienes el Renacimiento no era sino una vuelta a la antigüedad, como si jamás semejante milagro se hubiera producido; olvidemos sus teorías sobre la aberración del arte gótico y pensemos que justamente fueron las catedrales góticas el corazón de muchísimas comunas burguesas que se desarrollaron a partir de la Primera Cruzada. Sólo podremos entender la complejidad del Renacimiento y el dramático dualismo de nuestro tiempo si admitimos que ese tiempo nuestro nació como interacción de los pueblos de distinta raza y tradición. Italia nunca perdió del todo la noción de ser un pueblo antiguo, ni olvidó jamás el esplendor grecolatino, que perduraba en las ruinas de sus foros, en sus acueductos
y estatuas semiderruidas; y así como muchos soñamos con los irre-cuperables instantes de la infancia, así los italianos imaginaban que de ese melancólico universo de ruinas podía realmente resurgir el portentoso pasado. En tanto que en aquellas ciudades nórdicas, formadas en torno de las fortalezas feudales, el surgimiento de la nueva civilización se iba a realizar con atributos más bárbaros y modernos, en ciudades esencialmente mercantiles, con las más típicas características del capitalismo moderno. Pero, al mismo tiempo paradójicamente en apariencia, serían la cuna de las reacciones más violentas contra la nueva civilización: el romanticismo y el existencialismo.




sábado, 26 de mayo de 2012

James George Frazer: La Rama Dorada (1890)

     Capítulo I
Rex Nemorensis 




                   1. Diana y Viribio 

¿Quién no conoce el cuadro de Turner, La Rama Dorada? La escena, inmersa en los destellos dorados con que la sublime imaginación de Turner envolvía y transfiguraba hasta el más hermoso paisaje natural, es una visión onírica del pequeño lago del bosque de Nemi "el espejo de Diana", como lo llamaban los antiguos. Quien haya contemplado las tranquilas aguas encajonadas entre las verdes colinas del monte Albano, nunca podrá olvidarlo. Las dos típicas aldeas italianas que dormitan en sus laderas y el castillo cuyos jardines descienden en terrazas hacia el lago, apenas turban la quietud y la soledad de la escena. Diana misma podría surgir aún en la orilla solitaria o incluso aparecer en la espesura del bosque. En la Antigüedad, este paisaje boscoso fue escenario de una tragedia extraña y repetida. En la orilla norte del lago, precisamente debajo del precipicio del cual pende la moderna villa de Nemi, se hallaba el pequeño bosque sagrado y el santuario de Diana Nemorensis o Diana del Bosque. El lago y el bosquecillo fueron llamados también lago y bosque de Aricia. Pero el pueblo de ese nombre (hoy La Riccia) se hallaba unas tres millas más allá, al pie del monte Albano, separado por un brazo del lago que ocupa una concavidad semejante a un cráter en la falda de la montaña. En ese bosque sagrado había un árbol alrededor del cual rondaba una figura siniestra durante todo el día y probablemente también hasta altas horas de la noche. Empuñaba una espada desnuda y miraba cautelosamente a su alrededor como si esperase a cada instante el ataque de un enemigo. Era, al mismo tiempo, sacerdote y asesino, y tarde o temprano alguien llegaría para matarlo y ocupar su puesto sacerdotal. Tal era la norma del santuario. Sólo podía ocuparse el puesto dando muerte al sacerdote para reemplazarlo, hasta ser asesinado a la vez por alguien más fuerte o más hábil. El puesto, obtenido de modo tan precario, confería el título del rey, pero seguramente ningún rey descansó menos que éste ni sufrió pesadillas tan terribles. Año tras año, en verano y en invierno, con buen o mal tiempo, debía mantener su guardia solitaria, tratando de no dormirse por el riesgo que ello implicaba para su vida. La menor desatención de su vigilancia, la más pequeña disminución de sus fuerzas o de su destreza lo ponían en peligro, las primeras canas sellaban su sentencia de muerte. 

Los sencillos y piadosos peregrinos que llegaban al santuario verían oscurecer el hermoso paisaje con su figura, como una nube que cubre de pronto al sol un día luminoso. El encanto azul de los cielos italianos, el claroscuro de los bosques en verano, los reflejos del sol en las olas, no se conciliaban con este personaje rudo y siniestro. Sería mejor imaginar este cuadro como podría verlo un caminante retrasado una de esas lúgubres noches de otoño, cuando las hojas secas caen sin cesar y el viento parece entonar un responso al año que se extingue. Es una escena sombría, con música melancólica: al fondo, el bosque recortándose negro sobre el cielo tempestuoso, el viento silbando entre las ramas, el crujido de las hojas secas bajo los pies, el azote de las frías aguas del lago contra las orillas y, en primer plano, yendo y viniendo en medio de la luz crepuscular o en la oscuridad, la figura sombría, con destellos acerados cuando la pálida luna asoma entre las nubes y filtra su luz entre la espesura. 

Esta extraña costumbre sacerdotal no tiene paralelo en la antigüedad clásica y resulta inexplicable en sí misma. Buscaremos su interpretación en otros campos. Probablemente nadie podrá negar que tiene reminiscencias de épocas bárbaras que han sobrevivido en la época imperial, fuertemente aisladas de aquella culta sociedad italiana, como una roca primitiva que emerge en medio del bien recortado césped de un jardín. La extrema rudeza y la barbarie de la costumbre nos permite alentar la esperanza de encontrar una explicación. Recientes investigaciones de la historia primitiva del hombre revelan la semejanza esencial de la mente humana que, por encima de múltiples diferencias superficiales, ha elaborado su primera y rústica filosofía de la vida. 

Por consiguiente, si podemos demostrar que una costumbre bárbara como la de los sacerdotes de  Nemi existió en otros lugares, si determinamos los motivos que la originaron, si podemos probar que esos motivos han actuado amplia y tal vez universalmente en la sociedad humana, dando origen en diversas circunstancias a una variedad de instituciones diferentes pero genéricamente similares y, por último, si demostramos que esos verdaderos motivos, y algunas de las instituciones derivadas de ellos, actuaron en la antigüedad clásica, podremos inferir que, en épocas remotas las mismas causas dieron origen al sacerdocio de Nemi.


         
  
En primer término, presentaremos los pocos hechos y leyendas que han llegado hasta nosotros al respecto. Según una de esas leyendas, el culto de Diana en Nemi fue instituido por Orestes
quien, luego de matar a Thoas, rey del Quersoneso Taúrico (Crimea) , huyó con su hermana a Italia, llevando la imagen de Diana Táurica oculta en un haz de leña. Cuando murió, sus restos fueron trasladados de Aricia a Roma, y sepultados frente al templo de Saturno, en la ladera del Capitolio, junto al templo de la Concordia. El sanguinario ritual, que la leyenda atribuye a la Diana Táurica, es conocido por los lectores de los clásicos: se dice que el extranjero que llegaba a la costa era sacrificado en su altar. Pero, al ser trasladado a Italia, el rito asumió una forma más suave. En el santuario de Nemi crecía un árbol cuyas ramas no podían romperse. Sólo un esclavo fugitivo estaba autorizado para romper una de ellas, si podía hacerlo. Si lo lograba, ello le daba derecho a luchar en un singular combate con el sacerdote, y si lo mataba, reinaba en su lugar con el título de Rey del Bosque (Rex Nemorensis). Según la opinión generalizada de los antiguos, la rama fatal era la Rama Dorada que Eneas, aconsejado por la Sibila, arrancó antes de intentar la peligrosa jornada hacia el Mundo de los Muertos. Se decía que la fuga del esclavo representaba la huida de Orestes y que su combate con el sacerdote era una reminiscencia de los sacrificios humanos ofrendados a la Diana Táurica. Esta ley de sucesión por la espada se cumplió hasta los tiempos del Imperio. 

Calígula, entre otras de sus extravagancias, pensó que el sacerdote de Nemi llevaba demasiado tiempo en su puesto y pagó a un bandido para que lo asesinara. Un viajero griego que visitó Italia en la época de los Antoninos ha confirmado que en aquellos tiempos el sacerdocio seguía siendo el premio de la victoria en singular combate. En el culto de Diana en Nemi pueden señalarse aún algunas características importantes. Las ofrendas votivas que se han encontrado en el lugar muestran que Diana era considerada cazadora, y también que impartía su bendición a hombres y mujeres con descendencia y que aseguraba un parto feliz a las madres. Asimismo, creemos que el fuego tenía un importante papel en su ritual. Durante el festival anual que se celebraba el 3 de agosto, en la época más calurosa del año, su bosque santuario se iluminaba con innumerables antorchas, cuyos resplandores rojizos se reflejaban en el lago, y el día se celebraba en toda Italia, con ritos sagrados en todos los hogares. En el santuario se han encontrado estatuillas de bronce que representan a la misma diosa con una antorcha en su mano derecha alzada, y las mujeres cuyos ruegos habían sido escuchados por ella, iban al santuario coronadas de guirnaldas y portando antorchas en cumplimiento de sus votos. 

Un desconocido dedicó una lámpara encendida a perpetuidad en un pequeño altar en Nemi, en favor de la salud del emperador Claudio y su familia. Las lámparas de terracota descubiertas en el bosque sagrado sirvieron tal vez a los pobres para idénticos fines. Si fuera así, sería obvia la analogía de esta costumbre con la práctica católica de ofrendar cirios bendecidos en las iglesias. Además, el título de Vesta que tenía Diana en Nemi indica claramente el mantenimiento de un fuego sagrado y perpetuo en el santuario. Una gran plataforma circular existente en el ángulo nordeste del santuario, elevada sobre tres escalones y que muestra restos de piso de mosaico, probablemente soportaba un templo redondo de Diana en su carácter de Vesta, similar al templo redondo de Vesta en el Foro romano. En tal caso, el fuego sagrado debió ser mantenido por vestales vírgenes, si nos atenemos a una cabeza de terracota encontrada en el lugar, que representa a una vestal, y a que el culto del fuego perpetuo parece haber sido común en el Lacio desde los primeros a los últimos tiempos. 

Asimismo, en el festival anual de la diosa, se adornaba con coronas a los perros de caza y no se molestaba a los animales salvajes. La juventud era objeto de una ceremonia purificadora en su honor. Después se servía vino y un festín que incluía una cabra, tortas recién sacadas del fuego dispuestas sobre hojas, y ramas de manzano con sus frutas. Pero Diana no reinaba sola en su bosque de Nemi. Otras dos divinidades compartían su rústico santuario. Una era Egeria, la ninfa de las aguas claras que borboteaban al surgir de las rocas de basalto para caer en el lago, en gráciles cascadas, en el lugar denominado Le Mole, por haberse instalado allí los molinos del moderno pueblo de Nemi. El rumor de la corriente sobre su lecho de guijarros ha sido evocado por Ovidio, que nos cuenta que bebía sus aguas frecuentemente. Las mujeres embarazadas hacían sacrificios a Egeria, pues creían que al igual que Diana era capaz de favorecerlas con un parto feliz. Según la tradición, la ninfa había sido la esposa o la amante del sabio rey Numa, que la acompañaba en el sagrado misterio del bosque, y las leyes que el soberano dio a los romanos le fueron inspiradas en comunión con esta deidad. Plutarco compara la leyenda con otras historias de amores de diosas con mortales, como los amores de Cibeles y la Luna con los hermosos jóvenes Atis y Endimión. Según otros autores, el lugar de los encuentros de los amantes no estaba en el bosque de Nemi sino en un bosquecillo situado en las inmediaciones de la Porta Capena de Roma, donde otra fuente, también consagrada a Egeria, surgía en el interior de una cueva oscura.  

     Todos los días, las vestales romanas sacaban agua de esa fuente, llevándola en cántaros de loza sobre sus cabezas. En tiempos de Juvenal, la roca natural había sido revestida de mármol y el lugar consagrado fue profanado por bandas de judíos pobres a quienes se permitía guarecerse allí. Suponemos que el manantial que caía sobre el lago de Nemi fue el verdaderamente original de Egeria y que cuando los primeros emigrantes se trasladaron de las colinas del Albano a las orillas del Tiber, llevaron consigo a la ninfa y fundaron un nuevo hogar para ella en las afueras de la ciudad. Restos de baños descubiertos en el sagrado recinto, así como modelados en terracota de distintas partes del cuerpo, parecen indicar que las aguas de Egeria se usaron para curar enfermos, quienes para manifestar su fe o expresar su gratitud dedicaron ex votos de los miembros enfermos a la diosa, según una costumbre que aún se observa en muchas partes de Europa. En la actualidad, el manantial conserva al parecer sus virtudes medicinales. La otra deidad menor de Nemi era Virbio. Dice la leyenda que Virbio fue el joven héroe griego Hipólito, casto y hermoso, que aprendió del centauro Quirón el arte de la montería y pasaba todo el día cazando animales salvajes en la selva en compañía de la cazadora y virgen Artemisa (la contrafigura griega de Diana). Orgulloso de esta asociación divina, Hipólito rechazó el amor de las mujeres y ello le resultó fatal. Afrodita, ofendida por su desdén, inspiró en su madrastra Fedra amor por él y cuando Hipólito rechazó sus inicuos requerimientos, ella lo acusó falsamente ante su padre, Teseo, quien creyó la calumnia, y rogó a su señor Poseidón que lo vengara por la supuesta ofensa. Así, mientras Hipólito paseaba en su carro por la costa del golfo Sarónico, el dios del mar le lanzó un toro furioso que apareció en medio de las olas. Los aterrorizados caballos se encabritaron, Hipólito fue arrojado del carro y murió pisoteado por los animales. 

Pero Diana, movida por el amor que le tenía, persuadió a Esculapio para que resucitara con sus medicamentos al joven y hermoso cazador. Júpiter, indignado de que un mortal pudiera volver a pasar por las puertas de la muerte, arrojó al Hades al entrometido médico. Entretanto, Diana, para librar a su favorito del dios enfurecido, lo ocultó en una nube densa, avejentó su figura para que representara más años de los que tenía, y  llevarlo a la Ninfa Egeria para que viviera desconocido y solitario, con el nombre de Virbio, en lo más profundo de la selva italiana. Reinó allí como un monarca y dedicó un santuario a Diana. Tuvo un hijo esbelto, también llamado Virbio, quien, sin sospechar el destino de su padre, se unió a los latinos con una cuadrilla de caballos indómitos para participar en la guerra contra Eneas y los troyanos. El culto de Virbio como deidad no se limita a Nemi. Se sabe que en Campania había un sacerdote especialmente a su servicio. Los caballos fueron expulsados del monte de Aricia y su santuario por ser los causantes de la muerte de Hipólito. Estaba prohibido tocar su imagen. Algunos creían que era el sol. "Pero la verdad -dice Servio- es que Virbio es una deidad asociada con Diana, así como Atis se asocia con la Madre de los Dioses, Erictonio con Minerva y Adonis con Venus". 

Más adelante nos ocuparemos de la naturaleza de esta asociación. Es importante destacar la tenacidad desplegada por este personaje mítico en el largo y cambiante curso de su vida. No caben dudas de que el San Hipólito del calendario romano, arrastrado por caballos y muerto el 13 de agosto -el mismo día de Diana -pueda ser otro que el héroe griego del mismo nombre, quien después de morir dos veces como pecador pagano ha sido resucitado felizmente como santo cristiano. No se necesita una paciente investigación para convencernos que los relatos sobre el culto de Diana en Nemi no son históricos. Evidentemente, pertenecen a esa larga serie de mitos elaborados para explicar el origen de los rituales religiosos sin otro fundamento que la semejanza real o imaginaria que pueda observarse con algún ritual extranjero. La incongruencia de los mitos de Nemi resulta en verdad transparente, ya que la fundación del culto procede algunas veces de Orestes y otras de Hipólito, según el detalle del ritual que se trate de explicar. El verdadero valor de estas historias es el de ilustrar la naturaleza del culto proporcionando una norma comparativa. Además, por su venerable antigüedad constituyen un testimonio indirecto de que los verdaderos orígenes se perdieron en las tinieblas de una fabulosa antigüedad. En este sentido, las leyendas de Nemi se hallan probablemente más cerca de la verdad que las tradiciones de apariencia histórica, como las de Catón el Antiguo, cuando dice que el bosque sagrado fue dedicado a Diana por un tal Egerio Baevius o Laevio de Tusculum, un dictador latino que representaba a los pueblos de Tusculum, Aricia, Lanuvium, Laurentum, Cora, Tibur, Pometia y Ardea. 

Es cierto que esta tradición reconoce la gran antigüedad del santuario, al señalar que la fundación se produjo poco tiempo antes del 495 a C, el mismo año en que Pometia fue saqueada por los romanos y desapareció de la Historia. Pero no podemos suponer que una norma tan bárbara como la de los sacerdotes de Aricia fuese deliberadamente instituida por una liga de comunidades civilizadas como lo eran sin duda las ciudades latinas. Debió provenir de una época perdida en la memoria humana, cuando Italia era aún un país más primitivo que otros en el mismo período histórico. El crédito que pueda darse a esta tradición no sólo no se confirma sino que se reduce en otra que atribuye la fundación del santuario a un tal Manio Egerius, lo que ha dado origen al proverbio: "Hay muchos Manes en Aricia"que alguien ha explicado señalando que Manio Egerius fue el antepasado de una numerosa y distinguida familia, mientras que otros piensan que se trataba de personas deformes y repugnantes que abundaban en Aricia, por lo que interpretan que el nombre Manio deriva de Mania, un fantasma o espantajo para asustar a los niños. Un satírico romano usa el nombre de Manius para designar a los mendigos que esperaban a los peregrinos en las pendientes de Aricia. Estas opiniones diferentes, lo mismo que las discrepancias entre Manio Egerius de Axicia y Egerio Laevius, de Tusculum, y la semejanza de ambos nombres con el de la mítica Egeria, suscitan nuestras sospechas. No obstante, la tradición mencionada por Catón nos parece demasiado circunstancial y su defensor por demás respetable para que la consideremos una curiosa ficción. Más aún; suponemos que se refiere a una antigua restauración o reconstrucción del santuario realizada en su momento por los estados confederados. De todos modos, atestigua la creencia de que el santuario, fue desde los más remotos tiempos, el lugar de culto de muchas de las antiguas ciudades del país, y no sólo de la confederación latina. 

                                 
                             2. Artemisa e Hipólito 

Ya hemos dicho que las leyendas de Orestes e Hipólito, aunque sin valor histórico, tienen cierta importancia porque nos permiten comprender mejor- el culto de Nemi en relación con los mitos y rituales de otros santuarios. Debemos preguntarnos ahora: ¿Por qué el autor de estas leyendas eligió a Orestes e Hipólito para explicar a Virbio y al rey del bosque? En lo referente a Orestes la respuesta es obvia. El y la imagen de la Diana Táurica, que sólo podía aplacarse con sangre humana, son elegidos para hacer comprensible la sanguinaria norma de sucesión de los sacerdotes de Aricia. El caso de Hipólito no es tan simple. Si bien las circunstancias de su muerte sugieren de inmediato una razón para excluir a los caballos del bosque sagrado, ello nos parece insuficiente para identificarlo.

Debemos entonces profundizar el estudio tanto del culto como de la leyenda o mito de Hipólito. Hipólito tenía un famoso santuario en Troezena, la patria de sus antepasados, en la bellísima y casi cerrada bahía donde los bosques de naranjos y limoneros y los altos cipreses se elevan como oscuras torres sobre el jardín de las Hespérides, hoy cubiertos por una franja de ribera fértil al pie de las escarpadas montañas. En las aguas azules de la tranquila bahía, como protegiéndola del mar abierto, se halla la isla sagrada de Poseidón, cuyas cimas se esfuman en el verdor oscuro de los pinos. En esta hermosa costa fue adorado Hipólito. Dentro del santuario había un templo con una antigua imagen. El servicio estaba a cargo de un sacerdote vitalicio, y todos los años se efectuaba una fiesta en su honor, que incluía sacrificios. Cada año las jóvenes solteras lamentaban su fin prematuro con cánticos tristes y acongojados. Antes de casarse, los jóvenes y las doncellas le ofrendaban mechones de sus cabellos en el templo. Su sepulcro se hallaba en Troezena, pero el pueblo no quería mostrarlo. 

Se ha pensado; y es muy probable, que el hermoso Hipólito, amado por Artemisa, muerto en plena juventud y llorado anualmente por las doncellas, fue uno de los amantes mortales de diosas que con tanta frecuencia aparecen en las religiones antiguas, de los cuales Adonis constituye el caso más conocido. La rivalidad entre Artemisa y Fedra por el amor de Hipólito reproduce, como se ha dicho, la de Afrodita y Proserpina por el amor de Adonis, siendo Fedra sólo la figura equivalente de Afrodita. La teoría puede aplicarse al caso de Hipólito y Artemisa; porque ella fue originariamente una gran diosa de la fertilidad y, según las leyes de la religión primitiva, la que fertiliza la naturaleza debe a su vez ser fertilizada, y tener necesariamente un consorte masculino. En este sentido, Hipólito era el consorte de Artemisa en Troezena y las trenzas o mechones de cabellos ofrendados por las doncellas y los jóvenes antes de casarse, tendrían por objeto fortalecer su unión con la diosa y favorecer así la fertilidad de la tierra, del ganado y de los hombres. Confirma este punto de vista de algún modo el hecho de que dentro del santuario se adoraban los poderes femeninos, Damia y Auxesia, cuya relación con la fertilidad del suelo es indudable. Cuando Epidauro sufrió una gran escasez, el pueblo obedeciendo el oráculo, talló imágenes de Damia y Auxesia en maderas de olivo sagrado, y tan pronto las hicieron y colocaron, la tierra volvió a dar sus frutos. Además, también en Troezena y presuntamente en el interior del santuario de Hipólito, se celebraba una curiosa pedrea litúrgica en honor de estas vírgenes, como las llamaban los troezenses. 

Resulta fácil demostrar que costumbres similares se han practicado en muchos países con el propósito expreso de obtener abundantes cosechas. En la leyenda de la trágica muerte del joven Hipólito podemos advertir una analogía con relatos similares de otros jóvenes hermosos pero mortales, que pagaron con su vida sus breves encuentros amorosos con diosas inmortales. Tal vez estos infelices amantes no fueron siempre solamente mitos, y las leyendas que hablan de rastros de sangre en los pétalos purpúreos de la violeta, en los tonos escarlata de la anémona, o en el intenso rubor de la rosa, muestran que no sólo se trata de poéticos emblemas juveniles ni de raptos de belleza fugaces como las flores estivales. Estas fábulas contienen una profunda filosofía de la relación de la vida del hombre con la vida de la naturaleza, una triste filosofía que dio origen a una costumbre trágica. Más adelante veremos cuáles eran esta filosofía y esta práctica. 


                                                   
                                           3. Recapitulación 

Tal vez ahora podemos comprender por qué los antiguos identificaron a Hipólito, el consorte de Artemisa, con Virbio, quien; según Servio, se une a Diana como Adonisa Venus o Atis a la Madre de los Dioses. Diana, al igual que Artemisa, era una diosa de la fertilidad en general y de los nacimientos en particular. Así, ella, como su doble griega, necesita un compañero masculino. Ese compañero, si Servio está en lo cierto, era Virbio. Por su carácter de fundador del bosque sagrado y de primer rey de Nemi, Virbio es evidentemente el predecesor mítico o arquetipo de la dinastía de sacerdotes que sirvieron a Diana con el título de reyes del bosque, y que, como él, estaban condenados a un trágico final. 

Por consiguiente, es natural conjeturar que su relación con la diosa del bosque sagrado era la misma que la de Virbio con ella. En síntesis, el mortal rey del bosque tenía como reina a la misma Diana. Si el árbol sagrado que cuidaba a riesgo de su propia vida era, lo que parece probable, la personificación de la Diosa, no sólo la adoraba como tal sino que la abrazaba como a su mujer. Esta suposición nada tiene de absurdo, ya que en los tiempos de Plinio un noble romano mantenía la misma relación con una hermosa haya en otro bosque consagrado a Diana, en las colinas del Albano. La abrazaba y la besaba, se acostaba a su sombra bebía vino apoyado, en su tronco. Evidentemente, consideraba al árbol como a una diosa. La costumbre de casar físicamente a hombres y mujeres con árboles se practica aún en la India y en otras parte de Oriente. 

¿Por qué no podía suceder lo mismo en el antiguo Lacio? Podemos concluir, en suma, que el culto de Diana en Nemi fue muy importante y de una antigüedad inmemorial. Ella fue adorada como diosa de los bosques y de los animales salvajes, y también probablemente del ganado doméstico y de los frutos de la tierra. Además, se creía que bendecía a hombres y mujeres con descendencia y ayudaba a las madres en los partos. Su fuego sagrado ardía continuamente en el templo redondo situado dentro del recinto del santuario. En la ninfa Egeria, asociada a ella, Diana delegaba una de sus propias funciones, la de ayudar a las parturientas, y era creencia popular que ella se había casado con un antiguo rey de Roma en el bosque sagrado. 

Por otra parte, la misma Diana del Bosque tenía un compañero llamado Virbio, que fue para ella lo que Adonis para Venus o Atis para Cibeles. Por último, el mítico Virbio era representado en los tiempos históricos por un linaje de sacerdotes conocidos como los Reyes del bosque, siempre muertos por la espada de sus sucesores, y cuyas vidas estaban de algún modo vinculadas con cierto árbol del bosque sagrado, porque mientras el árbol no sufriera daño, ellos estaban a salvo de cualquier ataque. Desde luego que estas conclusiones no bastan para explicar la peculiar ley de sucesión del sacerdocio, pero tal vez; si ampliamos el campo de esta investigación, podemos llegar a pensar que ellas contienen en germen la solución del problema. Haremos un análisis, amplio y trabajoso, pero que tendrá de algún modo el interés y el encanto de un viaje de descubrimiento durante el cual visitaremos países extraños con pueblos extraños y costumbres aún más extrañas. El viento silba en las jarcias, soltemos las velas y dejemos por algún tiempo las costas de Italia.