viernes, 28 de junio de 2013

Mikhail Naimy: El Libro de Mirdad (1889-1988)


Crisol y criba: 
   La Palabra de  Dios y la del                  hombre




La Palabra de Dios es un crisol. Lo que ella crea, se funde y fusiona en un todo, sin aceptar nada como valioso, y sin rechazar nada como carente de valor. Puesto que posee el Espíritu de Comprensión, sabe muy bien que ella y su creación constituyen un todo; que rechazar una parte es rechazar el todo, y rechazar el todo es rechazarse a sí misma. Por consiguiente, ella siempre tiene el mismo objetivo y el mismo sentido. Por su parte, la palabra del hombre es una criba. Atrae y rechaza lo que ella crea. Está siempre aceptando esto como amigo, y rechazando aquello como enemigo. Y confrecuencia, el amigo de ayer se convierte en el enemigo de hoy, y el enemigo de hoy en el amigo de mañana. Así se desencadena la cruel e inútil guerra del hombre contra sí mismo. Y todo esto ocurre porque el hombre no posee el Espíritu Santo, el único que le puede hacer comprender que él y su creación son una misma cosa; que expulsar al enemigo es expulsar al amigo, pues ambas palabras, «enemigo» y «amigo», son creaciones de su palabra, de su yo. Aquello que no os gusta y rechazáis, considerándolo como malo, es ciertamente aprovechado por alguien o por algo, que lo considera bueno. ¿Acaso una misma cosa puede ser, al mismo tiempo, dos cosas contrarias? No es ni lo uno ni lo otro; sino que lo que vuestro yo considera malo, otro yo lo considera bueno. ¿No os he dicho que aquél que puede crear también puede destruir? Tal como habéis creado un enemigo, podéis destruirlo y volver a crearlo como amigo. Para ello, vuestro yo necesita ser un crisol. Para ello, necesitáis tener el Espíritu de Comprensión. Por eso os digo que si oráis para obtener algo, orad ante todo pidiendo Comprensión. Nunca seáis cribadores, queridos Compañeros. Pues la Palabra de Dios es Vida y laVida es un crisol en el cual todo se hace uno e indivisible; todo permanece en perfecto equilibrio y todo es digno de su autor, la Santa Trinidad. 

                ¡Cuánto más digno debe ser para vosotros! Nunca seáis cribadores, queridos Compañeros, y adquiriréis tal dimensión, tan amplia en extensión y comprensión, que no habrá criba alguna que pueda conteneros. Nunca seáis cribadores, queridos Compañeros. Buscad primero el conocimiento de la Palabra, para que podáis conocer vuestra propia palabra. Y cuando sepáis vuestra palabra, echad al fuego todas vuestras cribas, pues vuestra palabra y la de Dios son la misma, salvo que la vuestra todavía esté cubierta por los velos. Mirdad os pide que retiréis los velos. La Palabra de Dios es el tiempo y el espacio sin medida. ¿Ha habido acaso algún tiempo en que no hayáis estado con Dios? ¿Existe algún lugar en que no estéis con Dios? ¿Por qué cercáis entonces la eternidad con horas y estaciones? ¿Y por qué encerráis el espacio en pulgadas y leguas? La Palabra de Dios es Vida sin necesidad de nacer y, por lo tanto, es inmortal. Entonces,¿por qué vuestra vida está cercada por el nacimiento y la muerte? ¿Acaso no vivís únicamente la Vida de Dios? ¿Y puede lo inmortal ser la causa de la muerte? La Palabra de Dios incluye el Todo. En ella no hay cercas ni barreras. ¿Por qué vuestra palabra está llena de cercas y barreras? Os digo que vuestra propia carne y vuestros propios huesos no son sólo vuestros. Innumerables son las manos que junto a las vuestras se introducen en los eternos depósitos de la tierra y del cielo, de donde vienen y a donde vuelven vuestros huesos y vuestra carne. Ni tampoco la luz de vuestros ojos es solamente vuestra. Ella es también la luz de todos los que comparten el Sol con vosotros.


        ¿Qué podrían contemplar vuestros ojos en mí, sino hubiese luz en mí? Es mi luz la que me ve en vuestros ojos. Es vuestra luz la que os ve en vuestros ojos. Si yo estuviese en la obscuridad total, cuando vuestros ojos me contemplaran, sólo verían una obscuridad total. El aliento de vuestro pecho no es sólo vuestro. Todos aquéllos que respiran o que ya respiraron el aire, están respirando vuestro aliento. ¿No es el aliento de Adán el que todavía respiran vuestros pulmones? ¿No es el corazón de Adán el que todavía late en vuestros corazones? Ni tampoco vuestros pensamientos son sólo vuestros. El mar de los pensamientos los reclama como suyos, y también los seres pensantes que con vosotros comparten ese mar.Vuestros sueños no son sólo vuestros. Todo el universo está soñando vuestros propios sueños. Ni tampoco vuestras casas son solamente vuestras. Ellas son también la residencia de vuestro huésped, de la mosca, del ratón, del gato, y de todas las criaturas que compartenla casa con vosotros. 

             ¡Cuidado, pues, con las cercas! Cuando cercáis algo, ponéis el engaño dentro de ella ydejáis la verdad fuera. Y cuando os volvéis para veros dentro de la cerca, os encontráisfrente a la muerte, que es otro nombre del engaño.Inseparable de Dios, ¡oh, monjes!, es el Hombre. Inseparable, pues, de sus semejantes yde todas las criaturas que proceden de la Palabra.La Palabra es el océano, vosotros sois las nubes. ¿Y la nube no es acaso nube por lo quecontiene del océano? Y en verdad, poco juicio tendría la nube que desperdiciase su vidapara afianzarse en el espacio, con objeto de conservar su forma y su identidad parasiempre. ¿Qué resultado cosecharía con estos vanos esfuerzos, sino esperanzas deshe-chas y una amarga vanidad? A no ser que se pierda, no se podrá hallar. A no ser quemuera y desaparezca como nube, no podrá encontrar el océano que tiene en sí misma yque es Su único ser.El hombre es una nube que contiene a Dios en sí mismo. A no ser que se vacíe a sí mismo, no podrá encontrarse. ¡Y qué alegría la de vaciarse!A no ser que os perdáis para siempre en la Palabra, no podréis comprender la Palabraque está en vosotros, vuestro «yo». ¡Ah, qué alegría la de perderse!Una vez más os digo, orad pidiendo Comprensión. Cuando la Sagrada Comprensiónpenetre en vuestros corazones, nada habrá en la inmensidad de Dios que no haga vibraren vosotros una alegre respuesta, cada vez que pronunciéis «yo».Y entonces la propia muerte pondrá en vuestras manos el arma con la cual venceréis a lamuerte. Y entonces la vida colocará en vuestros corazones la llave que abre su corazónsin límites, la llave de oro del Amor.


SHAMADAM (Haciendo alusión a la posición de Mirdad como sirviente): Nunca soñé que tanta sabiduría pudiese ser extraída de un paño de cocina o de una escoba.

MIRDAD: Todo es fuente de sabiduría para el sabio. Para aquél que no es sabio, la propia sabiduría es locura.

SHAMADAM: Tienes una lengua hábil, sin duda. Es sorprendente que la hayas refrenado durante tanto tiempo; si bien tus palabras son muy duras de oír.

MIRDAD: Mis palabras son muy suaves, Shamadam.Tu oído es el duro. Desdichados aquéllos que, oyendo, no oyen y, viendo, no ven.

SHAMADAM: Yo oigo y veo muy bien. No oiré, sin embargo esa locura de que Shamadam es lo mismo que Mirdad; de que el amo y el criado son iguales. 






miércoles, 15 de mayo de 2013

Antoine de Saint-Exupery (1900 – 1944)


Tierra de   
        Hombres  



" En cuanto a ti que nos salvas, beduino de Libia, te borrarás, sin embargo, para siempre de mi memoria. No me acordaré nunca de tu rostro. Tú eres el Hombre y te me apareces con la cara de todos los hombres a la vez. Nunca fijaste la mirada para examinarnos, y nos has reconocido. Eres el hermano bien amado. Y, a mi vez, yo te reconoceré en todos los hombres. Te me apareces bañado de nobleza y benevolencia, gran señor que tienes el poder de dar de beber. Todos mis amigos, todos mis enemigos, en ti marchan hacia mí, y no tengo ya un solo enemigo en el mundo.
(...)
Viejo burócrata, camarada aquí presente, nadie te ha permitido evadirte y de ello no eres responsable. Has construido tu paz a fuerza de bloquear con cemento, como la hacen las termitas, todas las salidas hacia la luz. Has rodado como una bola tu seguridad burguesa; en tus rutinas, en los mitos asfixiantes de tu vida provinciana, has alzado esa humilde muralla contra los vientos y las mareas y las estrellas. No quieres inquietarte con los graves problemas, bastante trabajo has tenido con olvidar tu condición de hombre. No eres el habitante de un planeta errante. No planteas preguntas sin respuesta, eres un pequeño burgués de Toulouse. Nadie te ha sacudido por los hombros cuando aún era tiempo. Ahora la arcilla con la cual estás hecho se ha secado y endurecido y nada en ti podría, en adelante, despertar al músico, o al poeta, o al astrónomo que quizá te habitaban al principio.
(...)
Lo que se transmitía así, de generación en generación, con el lento progreso de un crecimiento de árbol, era la vida, pero era también la conciencia. ¡Qué misteriosa ascención! De una lava en fusión, de una pasta de estrella, de una célula viva germinada por milagro hemos brotado, y, poco a poco, nos hemos elevado hasta escribir cantatas y pesar vías lácteas. La madre no había transmitido solo la vida: ella había enseñado un lenguaje. Había confiado a sus hijos el caudal tan lentamente acumulado en el curso de los siglos, el patrimonio espiritual que ella misma había recibido en depósito, ese pequeño lote de tradiciones, de conceptos y de mitos que constituye toda la diferencia que separa a Newton o Shakespeare del bruto de la cavernas. Lo que sentimos cuando tenemos hambre, esa hambre que impulsaba a los soldados de España bajo los disparos hacia la lección de botánica, que impulsó a Mermoz hacia el Atlántico Sur, que impulsaba a alguien hacia su poema, es que el Génesis no está acabado y que necesitamos alcanzar conciencia de nosotros mismos y del universo. Tenemos que tender pasarelas en la noche. Esto lo ignoran sólo aquellos que forman su sabiduría en una indiferencia que creen egoísta. ¡Pero todo desmiente a esa sabiduría! Camaradas, camaradas míos, yo os tomo por testigos: ¿Cuándo nos hemos sentido felices?
(...)
Acabo de realizar una pequeña hazaña: he pasado dos dias y dos noches con once moros y un mecánico, para salvar un avión. Tuvimos diversas y graves alarmas. Por primera vez, he oído silbar las balas sobre mi cabeza. Conozco, por fin, lo que soy en esas circunstancias: mucho más sereno que los moros. Pero he comprendido, al mismo tiempo, lo que siempre me había sorprendido: por qué Platón, (¿o Aristóteles?) sitúa al valor en la última categoría de las virtudes. Es que no está formado por muy hermosos sentimientos: algo de rabia, algo de vanidad, mucha testarudez y un vulgar placer deportivo. Sobre todo, la exaltación de la propia fuerza física que, no obstante, no le atañe en nada. Cruzamos los brazos sobre la camisa desabrochada, y respiramos fuerte. Es más bien agradable. Cuando esto se produce durante la noche, se le mezcla el sentimiento de haber hecho una inmensa tontería. Jamás volveré a admirar un hombre que solo sea valeroso.
(...)
El era libre, pero infinitamente, hasta el punto de no sentir su peso sobre la tierra. Y le faltaba ese peso de las relaciones humanas que entorpece la marcha, las lágrimas, las despedidas, los reproches, las alegrías, todo lo que un hombre acaricia o rompe cada vez que esboza un gesto, los millares de ataduras que lo ligan a los demás y le hacen sentir que pesa. Pero sobre Bark pesaban ya mil esperanzas.
(...)
No sabemos prever lo esencial. Cada uno de nosotros ha disfrutado las alegrías más intensas allí donde nada podía permitírselas. Ellas nos han dejado una tal nostalgia que añoramos incluso nuestras desgracias si esas desgracias las permitieron. Todos hemos saboreado, al volver a encontrar a nuestros amigos, el encanto de los recuerdos ingratos.
(...)
Solo seremos felices cuando cobremos conciencia de nuestro papel, aunque nos corresponda el más oscuro. Sólo entonces podremos vivir en paz y morir en paz, porque quien da un sentido a la vida da un sentido a la muerte. "




Fragmentos extraídos 
de "Terre des hommes" 


domingo, 12 de mayo de 2013

Pablo Neruda: Confieso que he vivido (1904-1973)



El Arte 
 de la Lluvia




 Así como se desataban el frío, la lluvia y el barro de las calles, es decir, el cínico y desmantelado invierno del sur de América, el verano también llegaba a esas regiones, amarillo y abrasador. Estábamos rodeados de montañas vírgenes, pero yo quería conocer el mar. Por suerte mi voluntarioso padre consiguió una casa prestada de uno de sus numerosos compadres ferroviarios. Mi padre, el conductor, en plenas tinieblas, a las cuatro de la noche (nunca he sabido por qué se dice las cuatro de la mañana) despertaba a toda la casa con su pito de conductor. Desde ese minuto no había paz, ni tampoco había luz, y entre velas cuyas llamitas se doblegaban por causa de las rachas que se colaban por todas partes, mi madre, mis hermanos Laura y Rodolfo y la cocinera corrían de un lado a otro enrollando grandes colchones que se transformaban en pelotas inmensas envueltas en telas de yute que eran apresuradamente corridas por las mujeres. Había que embarcar las camas en el tren. Estaban calientes todavía los colchones cuando partían a la estación cercana. Enclenque y febe por naturaleza, sobresaltado en mitad del sueño, yo sentía náuseas y escalofríos. Mientras tanto los trajines seguían, sin terminar nunca, en la casa. No había cosa que no se llevaran para ese mes de vacaciones de pobres. Hasta los secadores de mimbre, que se ponían sobre los braseros encendidos para secar las sábanas y la ropa perpetuamente humedecida por el clima, eran etiquetados y metidos en la carreta que esperaba los bultos. 


              El tren recorría un trozo de aquella provincia fría desde Temuco hasta Carahue. Cruzaba inmensas extensiones deshabitadas sin cultivos, cruzaba los bosques vírgenes, sonaba como un terremoto por túneles y puentes. Las estaciones quedaban aisladas en medio del campo, entre aromos y manzanos floridos. Los indios araucanos con sus ropas rituales y su majestad ancestral esperaban en las estaciones para vender a los pasajeros corderos, gallinas, huevos y tejidos. Mi padre siempre compraba algo con interminable regateo. 
            Era de ver su pequeña barba rubia levantando una gallina frente a una araucana impenetrable que no bajaba en medio centavo el precio de su mercadería. Cada estación tenía un nombre más hermoso, casi todos heredados de las antiguas posesiones araucanas. Esa fue la región de los más encarnizados combates entre los invasores españoles y los primeros chilenos, hijos profundos de aquella tierra. Labranza era la primera estación, Boroa y Ranquilco la seguían. Nombres con aroma de plantas salvajes, y a mí me cautivaban con sus sílabas. Siempre estos nombres araucanos significaban algo delicioso: miel escondida, lagunas o río cerca de un bosque, o monte con apellido de pájaro. Pasábamos por la pequeña aldea de Imperial donde casi fue ejecutado por el gobernador español el poeta don Alonso de Ercilla. En los siglos XV y XVI aquí estuvo la capital de los conquistadores. 
               Los araucanos en su guerra patria inventaron la táctica de tierra arrasada. No dejaron piedra sobre piedra de la ciudad descrita por Ercilla como bella y soberbia. Y luego la llegada a la ciudad fluvial. 


                El tren daba sus pitazos más alegres, oscurecía el campo y la estación ferroviaria con inmensos penachos de humo de carbón, tintineaban las campanas y se olía ya el curso ancho, celeste y tranquilo, del río Imperial que se acercaba al océano. Bajar los bultos innumerables, ordenar la pequeña familia y dirigirnos en carreta tirada por bueyes hasta el vapor que bajaría por el río Imperial, era toda una función dirigida por los ojos azules y el pito ferroviario de mi padre. Bultos y nosotros nos metíamos en el barquito que nos llevaba al mar.      
              No había camarotes. Yo me sentaba cerca de proa. Las ruedas movían con sus paletas la corriente fluvial, las máquinas de la pequeña embarcación resoplaban y rechinaban, la gente sureña taciturna se quedaba como muebles inmóviles dispersos por la cubierta. Algún acordeón lanzaba su lamento romántico, su incitación al amor. No hay nada más invasivo para un corazón de quince años que una navegación por un río ancho y desconocido, entre riberas montañosas, en el camino del misterioso mar. Bajo Imperial era sólo una hilera de casas de techos colorados. Estaba situado sobre la frente del río. 
            Desde la casa que nos esperaba y, aún antes, desde los muelles desvencijados donde atracó el vaporcito, escuché a la distancia el trueno marino, una conmoción lejana. El oleaje entraba en mi existencia. La casa pertenecía a don Horacio Pacheco, agricultor gigantón que, durante ese mes de nuestra ocupación de su casa, iba y llevaba por las colinas y los caminos intransitables su locomóvil y su trilladora. Con su máquina cosechaba el trigo de los indios y de los campesinos, aislados de la población costera. Era un hombrón que de repente irrumpía en nuestra familia ferroviaria hablando con voz estentórea y cubierto de polvo y paja cereales. Luego, con el mismo estruendo, volvía a sus trabajos en las montañas. 


                           Fue para mí un ejemplo más de las vidas duras de mi región austral. Todo era misterioso para mí en aquella casa, en las calles maltrechas, en las desconocidas existencias que me rodeaban, en el sonido profundo de la marina lejanía. La casa tenía lo que me pareció un inmenso jardín desordenado, con una glorieta central menoscabada por la lluvia, glorieta de maderos blancos cubiertos por las enredaderas. Salvo mi insignificante persona nadie entraba jamás en la sombría soledad donde crecían las yedras, las madreselvas y mi poesía. Por cierto que había en aquel jardín extraño otro objeto fascinante: era un bote grande, huérfano de un gran naufragio, que allí en el jardín yacía sin olas ni tormentas, encallado entre las amapolas. Porque lo extraño de aquel jardín salvaje era que por designio o por descuido había solamente amapolas. Las otras plantas se habían retirado del sombrío recinto. Las había grandes y blancas como palomas, escarlatas como gotas de sangre, moradas y negras, como viudas olvidadas. Yo nunca había visto tanta inmensidad de amapolas y nunca más las he vuelto a ver. Aunque las miraba con mucho respeto, con cierto supersticioso temor que sólo ellas infunden entre todas las flores, no dejaba de cortar de cuando en cuando alguna cuyo tallo quebrado dejaba una leche áspera en mis manos y una ráfaga de perfume inhumano. Luego acariciaba y guardaba en un libro los pétalos de seda suntuosos. Eran para mí alas de grandes mariposas que no sabían volar. Cuando estuve por primera vez frente al océano quedé sobrecogido. Allí entre dos grandes cerros (el Huilque y el Maule) se desarrollaba la furia del gran mar. No sólo eran las inmensas olas nevadas que se levantaban a muchos metros sobre nuestras cabezas, sino un estruendo de corazón colosal, la palpitación del universo. Allí la familia disponía sus manteles y sus teteras. Los alimentos me llegaban enarenados a la boca, lo que no me importaba mucho. Lo que me asustaba era el momento apocalíptico en que mi padre nos ordenaba el baño de mar de cada día. Lejos de las olas gigantes, el agua nos salpicaba a mi hermana Laura y a mí con sus latigazos de frío. Y creíamos temblando que el dedo de una ola nos arrastraría hacia las montañas del mar. Cuando ya con los dientes castañeteando y las costillas amoratadas, nos disponíamos mi hermana y yo, tomados de la mano, a morir, sonaba el pito ferroviario y mi padre nos ordenaba salir del martirio.



jueves, 25 de abril de 2013

Mansur al-Hallaj: Poemas Místicos (منصور حلاج‎ c.858 – 922)



Qué tierra está   
       vacía de Ti



¿Por qué se elevan a buscarte 
 en el cielo?
Tú los ves mirándote en el gran día
Pero ciegos ellos no ven.

2

Mi corazón tenía caprichos dispersos
Y mis caprichos, desde que el ojo Te ha visto, se han unido
Ahora me envidia aquel que yo envidiaba
Y soy el maestro de otros desde que Tú te has convertido en mi maestro
No me culpen en Ti amigos y enemigos
Porque desconocen la gravedad de mi prueba
He dejado a la gente su acá-abajo y su religión,
Absorbido en Tu amor, Oh Tú mi religión y mi acá-abajo

4

Te he escrito sin escribir
Es más bien a mi espíritu a quien he escrito sin escribir
Porque nada separa al espíritu de su Bien Amado
Ni siquiera la distancia de una carta
Y toda carta emanada de Ti, proveniente de Ti
Es una respuesta sin reenvío de respuesta

5

Tu imagen está en mi ojo
Tu invocación en mi boca
Tu habitación en mi corazón
Entonces ¿dónde podrías estar ausente?

9

Con el ojo del corazón vi a mi Señor
Y Le dije : ¿Quién eres Tú? El me dijo: ¡Tú!
Pues por Ti “donde” no es un lugar
Y allá donde Tú estás no hay un “donde”
De Ti la imaginación no tiene imagen
A fin de que pueda saber dónde estás Tú
Tú que contienes todo “donde”
A la manera de “no dónde”, ¿dónde entonces estás Tú?

10

Tengo un Bien Amado que visito en las soledades
Presente y ausente a las miradas
Tú no me ves escucharle con el oído
Para entender las palabras que Él dice
Palabras sin forma ni pronunciación
Y que no se parecen a la melodía de las voces
Es como si dirigiéndome a Él
Por el pensamiento, yo me dirigiera a mí mismo
Presente y ausente, próximo y lejano
Las figuras de los calificativos no pueden contenerle
Él está más cerca que la conciencia para la imaginación
Y más oculto que los pensamientos evidentes

11

Mátenme mis autoridades pues mi vida ha de ser muerta
Y mi muerte está en mi vida y mi vida está en mi muerte
La desaparición de mí es para mí un don de los más nobles
Y mi permanencia en mis cualidades, uno de los pecados viles
Gran patriarca soy, de un rango elevado
Pues he llegado a ser un niño en el jirón de las nodrizas
Habitando al mismo tiempo el hueco de una tumba en tierras salinas
Mi madre dio a luz a su padre (1), he aquí una de mis maravillas
Y mis hijas, de mis hijas, fueron mis hermanas
No por hecho de los tiempos ni por hecho de los adulterios

12

He renegado la religión de Dios, lo renegado
Es un deber para mí, un pecado para los musulmanes

15

Me esforcé en esperar
Pero mi corazón ¿puede hacer esperar a mi corazón?
Tu espíritu se mezcló a mi espíritu
En la proximidad y la distancia
Pues yo soy Tú como Tú
Tú eres yo y lo que yo quiero

18

Pasiones de lo Verdadero que enteras todas nacen de lo Verdadero
Pero que no pueden alcanzar la comprensión de lo más grande
Pues ¿qué es la pasión sino una inclinación seguida de una mirada
Que propaga una llama entre sus conciencias?
Si lo Verdadero llega a habitar la conciencia
Tres estados se repiten ahí al cuidado de los clarividentes:
Un estado que aniquila la conciencia en la esencia de su pasión
Luego la hace presente por la pasión en estado de perplejidad
Y un estado donde todas las fuerzas de la conciencia se aúnan
Volviéndose hacia una visión que aniquila a todo visionario

19

Cuando el enamorado alcanza la perfección en el amor
Y se abstiene de Invocarlo bajo el dominio de la invocación
Entonces ve la verdad de aquello con que el amor le rindió testimonio:
Blasfemia, la plegaria de los amantes

21

Tú moras en mi corazón y él contiene los misterios de Ti
¡Que la morada se regocije y se regocije el vecino!
El no refrena ningún misterio que yo conozca salvo Tú
Mira con Tu ojo: ¿hay algún otro en la morada?
Que la noche de la separación se alargue o se acorte
La esperanza y el recuerdo de Él me hacen compañía
Mi pérdida me conviene porque Te conviene, Oh mi Asesino
Y yo elijo lo que Tú eliges

22

Las luces de la luz de la Luz tienen luces en la creación
Y el Misterio tiene misterios en la conciencia de quienes saben guardarlo
Y el Ser entre los seres es un ser creador
Donde mi corazón descansa, se ofrenda y divide
Con el ojo de la razón contempla lo que describo
Pues la razón tiene más de un oído conciente y más de una mirada

24

Al negarte Te santifico
Y mi razón en Ti es locura
¿Quién es Adán sino Tú?
¿Y quién en el alejamiento es Satán?

25

De todo mi ser, Oh mi Santidad, contengo Tu amor pleno
Tú Te revelas a mí como si estuvieras en mí
Vuelvo mi corazón hacia aquello que no eres Tú
Y no veo más que a mí extranjero a los otros, familiar a Ti
En el confinamiento de la vida, heme aquí privado de humanos
¡Arrástrame entonces a mi confinamiento!

26

¡Dios es testigo! Que ningún sol salga ni se ponga
Sin que Tu amor esté unido a mis suspiros
Y que no me aísle para distraerme con el prójimo
Sin que Tú seas mi distracción con el prójimo
Y que triste o gozoso no Te invoque
Sin que Tú estés en mi corazón entre mis dudas
Y que de sed no me apreste a beber agua
Sin que vea una imagen de Ti en mi copa
¡Ah! ¡si yo pudiera, iría a Ti
corriendo con el rostro o caminando con la cabeza!

27

¡Oh brisa! ¡Di al cervatillo
que beber no hace más que acrecentar mi sed!
Tengo un Bien Amado cuyo amor está en medio de las entrañas
Que Él pisotee mis mejillas si Él quiere
Su espíritu es mi espíritu, mi espíritu Su espíritu
Si Él quiere yo quiero y si yo quiero Él quiere

28

No ceso de flotar en los mares del amor
Las aguas me elevan y me hunden
Ya sea que las aguas me sostengan
Ya sea que caiga y me hunda
En fin Él me lleva en amor
Allá donde no hay orilla
Yo llamaba a Aquel cuyo nombro no develo
Y que jamás traicionaré en amor
¡Que mi alma no Te desee, Señor,
Pues ese no fue nuestro pacto!

33

¡Mi Único me ha unificado por la unificación de lo Verdadero
Verdadero que no conduce a multitud de caminos
Yo soy lo Verdadero y lo Verdadero es Verdadero por lo Verdadero
Él se viste de Sí mismo y la diferencia se desvanece
Estrellas puras se manifiestan
Centelleando en brillantes relámpagos!

34

¡No se nos calumnie! He aquí los dedos
que tenemos teñidos con sangre de los amantes

36

Tu espíritu se mezcla a mi espíritu
Como el ámbar al almizcle oloroso
Si una cosa Te toca, ella me toca
Porque Tú eres yo inseparablemente

38

La vida de aquí abajo me hace creer que me equivoco
Como si yo no supiera su estado
Dios condenando lo ilícito
Y yo evitando lo lícito
Ella me tendió su derecha
Y yo la devolví con su izquierda
Yo la vi en la necesidad
Y le hice ofrenda de su totalidad
¿Y cómo llorar su abandono
cuando no conozco sus favores?

39

Con el ojo del saber mi mirada indicó
Indicó con el solo pensamiento secreto
Y en mi conciencia algo apareció
Más sutil a comprender por la imaginación de mi imaginación
Y dividí el tumulto de la mar de mi pensamiento
Atravesándolo como una flecha
Y mi corazón se elevó con las plumas de mi nostalgia
Fijas a las alas de mi determinación
Hacia Aquel que, preguntándoseme sobre Él,
Yo indico por un símbolo pero que no nombro
Hasta que, habiendo sobrepasado todo límite
Errante en los desiertos de la proximidad
Yo miraba dos puntos de agua
Y no veía ahí nada que sobrepasara los límites de mi imagen
Entonces dócil, vine a Él
Sosteniendo el extremo de mi traílla en la palma de mi sumisión
El amor grabó de Él en mi corazón
A hierro de la nostalgia, una huella ¡qué huella!
Y en la proximidad, la visión de mí se ausentó de mí
Tanto que olvidé mi nombre

40

Me sorprendo de Ti y de mí
Oh Tú que deseas al deseante
Tú me has acercado a Ti
Al punto que he creído que Tú eras yo
Y me he absorbido en el amor
Al punto que Tú me has aniquilado en Ti
¡Oh, mi felicidad en la vida
Y mi quietud después de mi sepultación!
En mi lamento y mi confianza
Sólo Tú me acompañas
¡Oh Tú cuyos jardines de signos
Abrazan toda apariencia
Si yo deseo una cosa
Tú eres todo lo que yo deseo

41

Oh tú que me acusas por Su amor, ¡Cómo me acusas!
No me habrías acusado si de Él hubieras sabido por qué sufro
Algunos van de peregrinación, la mía está ahí donde yo habito
Sacrifican el ganado y yo, mi alma y mi sangre
Aquellos que, sin la ayuda de los sentidos, giran alrededor de la Ka’aba,
Giran alrededor de Dios, Quien les dispensa del Lugar Sagrado

44

¡Ay! ¿Tú o yo? ¡He aquí dos dioses!
Lejos de mí, lejos de mí la afirmación de dos
Ah, jamás mi no-ser es para Ti un ser
Y mi todo es en todo ambiguo al doble rostro
¿Dónde, entonces, está Tu ser ahí donde yo miro?
Pues ya mi ser está allá o él no tiene “donde”
¿Y dónde está Tu rostro que yo busco con la mirada?
¿En la visión del corazón? ¿En la visión del ojo?
Entre Tú y yo, un yo está de más
¡Que la separación cese y que el Tú avasalle al yo!

47

Dos en mí vigilan, testigos de Su amor
Y dos en mí atestiguan que Tú me ves
En lo más profundo de mí, no hay pensamiento sino para Ti
Y mi lengua no dice más que Tu amor
Si yo quiero el oriente, Tú eres el oriente del oriente
Y si quiero el occidente, Tú estás justo delante de mis ojos
Si quiero un en-lo-alto, Tú eres el en-lo alto del en-lo-alto
Y si yo quiero un en-lo-bajo, Tú eres todo espacio
Tú eres el lugar de todo, o más bien su no lugar
Y Tú estás, imperecedero, en el todo de todo
En mi corazón, mi alma, mi conciencia mi pensamiento,
La alternancia de mis respiros y el nudo de mi íntimo



(1) Alusión al Profeta llamando a Fátima, su hija, “madre de su padre” Traducido desde el francés por Soledad Fariña