jueves, 30 de agosto de 2012

René Daumal: El Monte Análogo (1908-1944)


 La Guerra Santa


       
      Voy a escribir un poema sobre la guerra. Tal vez no sea un verdadero poema, pero será sobre una verdadera guerra. No será un verdadero poema, porque si el verdadero poeta estuviese aquí, y el ruido se expandiese entre la multitud a la que  pensaba hablar, se haría un gran silencio; primero se inflaría un silencio pesado, un gran silencio de mil truenos. Visible, veríamos al poeta; vidente, él nos vería; y  palidecerían nuestras pobres sombras, lo odiaríamos por ser tan real, nosotros los débiles, los enojados, nosotros los toda-cosa. Estaría aquí, agotado por los mil truenos de la multitud de enemigos que contiene - porque los contiene y los satisface cuando quiere- incandescente de dolor y de sagrada cólera pero tan tranquilo como un pirotécnico, y abriría en el gran silencio una pequeña canilla, la muy pequeña canillita del molino de palabras, y de allí saldría un poema, un poema tal que nos haría poner verdes.
               Lo que voy a hacer no será un verdadero  poema poético de poeta, porque si la palabra “guerra” fuese pronunciada en un verdadero poema, la guerra, la verdadera guerra de la que hablaría el poeta, la guerra sin piedad, la guerra sin compromiso, se encendería definitivamente en nuestros corazones. Porque en un verdadero poema las palabras tienen sus cosas. Tampoco será un discurso filosófico. Porque para ser filosofo, para amar a la verdad más que a uno mismo, hay que estar muerto para el error, hay que haber matado a las traidoras complacencias del sueño y de la ilusión cómoda. 
  
           Y eso es el fin y la finalidad de la guerra, y la guerra apenas ha comenzado, y todavía hay que desenmascarar a los traidores.Y tampoco será obra de ciencia. Porque para ser científica, para ver y amar a las cosas tal cual son, hay que ser uno mismo, y amar es verse tal cual uno es. Hay que haber roto los espejos mentirosos, hay que haber matado con una mirada despiadada a los fantasmas insinuantes. Y ese es el fin  y la finalidad de la guerra, y la guerra apenas ha comenzado, y todavía hay que arrancar algunas máscaras.
             Y no será un canto entusiasta. Porque el entusiasmo es estable cuando el dios se ha levantado, cuando los enemigos ya no son sino fuerzas sin formas, cuando el alboroto de la guerra tañe a todo trapo, y la guerra apenas ha comenzado, y nosotros todavía no arrojamos al fuego nuestro juego de cama.
                 Tampoco será una invocación mágica, porque el mago dice a su dios: “Haz lo que me gusta”, y se niega a hacer la guerra a su peor enemigo, si el enemigo le gusta; y sin embargo no será un ruego de creyente, porque el creyente dice a su dios: “Haz lo que quieras”, y para eso tuvo que poner hierro y fuego en las entrañas de su más querido enemigo, y eso es el hecho de la guerra, y la guerra apenas ha comenzado. Será un poco todo eso, un poco de esperanza y un poco de esfuerzo hacia todo eso, y también será un llamado a las armas. Un  llamado que el juego de los ecos podrá devolverme, y que tal vez otros escuchen.

              Ahora pueden adivinar de qué guerra quiero hablar.
No hablaré de las otras guerras -de aquellas que sufrimos-. Si hablara de ellas, sería literatura común, un sustituto, un a-falta-de, una excusa, así como me ocurrió emplear la palabra “terrible” cuando aún no tenía la carne de gallina. Así como usé la palabra “reventar de hambre” cuando aún no había llegado a robar en los escaparates. Así como hablé de locura antes de haber intentado mirar el infinito por el ojo de la
cerradura; así como hablé de muerte, antes de que mi lengua hubiese probado el gusto de la sal y de lo irreparable. 
               Así  como algunos que siempre se consideraron superiores al cerdo doméstico hablan de pureza. Así como quienes adoran y repintan sus cadenas hablan de libertad, y algunos que sólo aman a la sombra de sí mismos hablan de amor, o de sacrificio quienes no serían capaces de cortarse el dedo más chiquito. O de conocimiento quienes se disfrazan ante sus propios ojos. Así como nuestra gran enfermedad es hablar para no ver nada.

                Sería un sustituto impotente, como los viejos y los enfermos, que hablan con gusto de los golpes que dan o reciben los jóvenes elegantes. ¿Tengo derecho, entonces, a hablar de la otra guerra -de aquella que no se sufre solamente- cuando tal vez no esté irremediablemente encendida en mí, cuando todavía estoy en las escaramuzas? Sí, tal vez no tenga derecho. Pero “tal vez no tenga derecho” también quiere decir “a veces el deber”, y sobre todo, la “necesidad”, porque nunca tendré demasiados aliados. Intentaré, entonces, hablar de la guerra santa.
                       Puede estallar, ¡irreparablemente! Cada tanto, se enciende, pero nunca por mucho tiempo. Ante los primeros signos de victoria me admiro  en el triunfo, me hago el generoso y pacto con el enemigo. Hay traidores en la casa, pero tienen cara de amigos, ¡sería tan desagradable desenmascararlos! Ocupan su lugar al lado del fuego, tienen sus sillones y sus pantuflas; vienen cuando estoy somnoliento, me dicen algo lindo, me cuentan una historia palpitante o divertida, me traen flores o golosinas, o algún hermoso sombrero de plumas. Hablan en primera persona, creo escuchar mi voz, creo emitir mi voz: “Yo soy... Yo sé... Yo quiero...”

                Mentiras. Mentiras incorporadas a mi carne, abscesos que me gritan: “No nos revientes, ¡tenemos la misma sangre!”, pústulas que lloriquean: “¡Somos tu único bien, tu único ornamento, sigue nutriéndonos, no te cuesta tanto!” Y son muchos, son encantadores y lamentables, son arrogantes y me hacen chantaje, se coaligan... Esos bárbaros no respetan nada (nada verdadero, quiere decir, porque frente a todo lo demás están arrugados de tanto respeto) Gracias a ellos tengo forma, ocupan mi lugar y tienen la llave del cajón de máscaras. Me dicen: “Nosotros te vestimos; ¿cómo harías sin nosotros para aparecer en el mundo? ¡Oh, es mejor andar desnudo como una larva!

                         Para combatir a esos ejércitos, sólo tengo una pequeña espada apenas perceptible que corta como una afeitadora -es verdad- y que es muy asesina. Pero es tan chica que la pierdo a cada rato, nunca sé donde la guardo. Y cuando por fin la encuentro, me parece muy pesada y muy difícil de manejar. Yo se decir apenas algunas palabras, que todavía son mas bien gemidos, en cambio ellos también saben escribir. En mi boca siempre hay uno que acecha mis palabras cuando quiero hablar. Las escucha, se las guarda, y habla en mi lugar, con las mismas palabras, pero con su inmundo acento. Y gracias a él se me considera y se me juzga inteligente.(Pero quienes saben no se equivocan: ¿puedo escuchar a los que saben?) Esos fantasmas me roban todo, y después se divierten compadeciéndome: “Nosotros te protegemos, te expresamos, te hacemos valer.

                        ¡Quieres asesinarnos! Te destrozas a ti mismo cuando nos tratas mal, cuando golpeas con maldad nuestra sensible nariz, la nuestra, la de tus buenos amigos.”  Y viene a debilitarme la sucia piedad, con sus  tibiezas. Contra ustedes, fantasmas, toda la luz.   
  Bastará que encienda la lámpara para que callen, que abra un ojo para
que desaparezcan. Porque están esculpidos de vacío, envejecidos por la nada. Contra ustedes, la guerra hasta el final. Ninguna piedad, ninguna tolerancia. Un sólo derecho: el derecho de ya no ser. Pero ahora el canto es otro. Se sienten protegidos. Se hacen los conciliadores. “Sí, tú eres el amo. ¿Pero qué es un amo sin servidores? Déjanos en nuestros modestos lugares que prometemos ayudarte. Imagina,  por ejemplo, que quieras escribir un poema. ¿Qué harías sin nosotros?”
                Sí, rebeldes, un día volveré a ponerlos en sus lugares. Los doblegaré bajo mi yugo. Los alimentaré con heno y les pegaré todas las mañanas. Pero mientras succionen mi sangre, y roben mi palabra, ¡oh! mas vale no escribir mas poemas. Esa es la maravillosa paz que me proponen. Que cierre los ojos para no ver el crimen. Que me mueva de la mañana a la noche para no ver a la muerte, siempre boquiabierta. Que me crea victorioso antes de haber luchado. ¡Paz mentirosa!
Acomodarse en las propias cobardías, porque todo el mundo se acomoda.

        ¡Paz de vencidos! Un poco de mugre, un poco de  embriaguez, un poco  de blasfemia, bajo palabras espirituales. Una mascarada de virtud, un poco de pereza y entonación, e incluso tal vez mucha, si se es artista, un poco de todo eso, y alrededor muchas palabras hermosas. Esa es  la paz que nos proponen. ¡Paz de vendidos! Y para salvaguardar esa paz vergonzosa, uno es capaz de hacer todo, también la guerra. Porque existe una vieja y segura receta para conservar la paz: acusar siempre a los otros. ¡Paz de traición!

               Ahora saben que quiero hablar de la guerra santa. Y aquel que se haya declarado esa guerra, está en paz con sus semejantes,  y aunque esté en el campo de la más violenta de las batallas, en el fondo del fondo de sí mismo reina una paz más activa que todas las guerras. Y cuanto más reina la paz en el fondo del fondo, en el silencio y la soledad central, con mayor rabia se abate la guerra contra el tumulto de las mentiras y la gran ilusión. Y en ese enorme silencio envuelto en gritos de guerra, escondido desde afuera por el huyente espejismo del tiempo, el eterno vencedor escucha las voces de otros silencios. 
           Solo, después de haber roto la ilusión de no estar solo, solo, ya no está solo para estar solo. Estoy separado de él por  los ejércitos de fantasmas que quiero aniquilar. ¡Que pueda yo un día instalarme en esa ciudadela! Y sobre las murallas, ¡que sea destrozado hasta el hueso, para que el tumulto no llegue a la cámara real!
                          “¿Matare?”, pregunta Arjuna, el guerrero. “¿Pagaré el tributo a César?, pregunta otro. Mata, se le responde, si eres asesino.  No tienes elección. Pero si tus manos se enrojecen con la sangre de los enemigos,  no dejes que una sola gota salpique la cámara real, donde espera el vencedor inmóvil. Paga, se le responde, pero no dejes que César mire ni siquiera una vez el tesoro real. Y yo, que en el mundo de César no tengo otra moneda que las palabras, ¿hablaré? Hablaré para
llamarme a la guerra santa. 
               Hablaré para denunciar a los traidores que he alimentado. Hablaré para que mis palabras avergüencen a mis acciones, hasta el día en que una paz acorazada de truenos reine en la cámara del eterno vencedor. Y porque he empleado la palabra guerra, y porque esa palabra guerra hoy no es mas que un simple ruido que la gente instruida hace con sus bocas; porque ahora es una palabra seria y llena de sentido, se sabrá que hablo seriamente y que no son vanos ruidos que hago con mi boca.




                                                                       Primavera 1940



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