miércoles, 12 de septiembre de 2012

Alejandro Jodorowsky: El maestro y las magas (2005)


 Intelectual,            ¡aprende a                morir!


La última vez que vi al maestro Ejo Takata fue en la modesta casa de una vecindad, en los límites superpoblados de la capital mexicana. Un cuarto y una cocina, no más. Yo iba allí en busca de consuelo, sufriendo por la muerte de mi hijo. El dolor me impidió ver las cajas de cartón que llenaban la mitad del cuarto. El monje se puso a freír  un par de pescados. Yo me esperaba un sabio discurso sobre la muerte:
«No se nace, no se muere... La vida es una ilusión... Dios da, Dios quita, bendito sea Dios... No pienses en su ausencia, agradece los veinticuatro años con que alegró tu vida... La gota divina regresó al océano original... Su consciencia se ha disuelto en la feliz eternidad... ». Todo eso me lo había dicho a mí mismo, pero el consuelo que buscaba en esas frases no calmaba mi corazón. Ejo sólo pronunció una palabra:
                  «Duele», y con una reverencia sirvió los pescados. Comimos en silencio. Comprendí que la vida continuaba, que debía aceptar el dolor, no luchar contra él ni buscar consuelo. Cuando comes, comes; cuando duermes, duermes; cuando duele, duele. Más allá de todo aquello, unidad de l a vida impersonal. Nuestras cenizas han de mezclarse con las del mundo... Entonces le pregunté:

-¿Qué contienen esas cajas?
-Mis cosas -respondió-. Me han prestado este lugar. De un día para otro pueden pedir que me vaya. Aquí estoy bien, ¿por qué no estaría bien en otro lugar?
-Pero, Ejo, en este espacio tan reducido, ¿dónde meditas? Hizo un gesto de indiferencia y me indicó cualquier rincón. Para meditar no necesitaba un sitio especial. No era el sitio el que otorgaba lo sagrado. Su meditación sacralizaba el lugar que fuera. De todas formas, para él, que había atravesado el espejismo de los vocablos antónimos, la distinción entre sagrado y profano no tenía sentido. En Estados Unidos, en Francia, en Japón, tuve oportunidad de conocer a otros roshis, entre ellos al maestro de mi maestro, Mumon Yamada, un hombre muy pequeño, de una energía leonina, con manos tan bien cuidadas como las de una doncella (las uñas de sus dedos meñiques medían tres centímetros), pero ninguno pudo ocupar en mi corazón el sitio que conquistó Ejo. Sé poco de la historia de su vida. Nació en Kobe, Japón, en 1928. A los 9 años inició la práctica del zen en el monasterio Horyuji con el maestro Heikisoken, una máxima autoridad de la escuela Rinzai. Más adelante en Kamakura ingresó, como discípulo directo de Mumon Yamada, en el monasterio Shofukuji que en 1195 fundara Yosai, el primer monje que importó el budismo zen chino a Japón. La vida que llevan los monjes aspirantes a la iluminación es muy dura. Siempre en grupo, despojados de la intimidad, comen poco y mal, trabajan rudamente, meditan sin cesar. 

              Todos los actos de la vida cotidiana obedecen a un estricto ritual, desde la manera de dormir hasta la de defecar. «El monje debe sentarse derecho, mantener las piernas cubiertas con los  bordes de la bata, no mirar ni hacia un lado ni hacia el otro, no hablar con sus vecinos, no rascarse sus partes privadas y excretar con el menor ruido posible y rápido porque otros esperan su turno.» Los monjes Soto zen deben dormir de costado, sobre el lado derecho. Los monjes Rinzai zen, de espaldas. No está permitida ninguna otra postura... Ejo Takata, después de vivir así durante treinta años; en 1967 consideró que los tiempos estaban cambiando, que era inútil preservar la tradición encerrado en un monasterio y decidió salir de Shofukuji para enfrentar el mundo. Su decisión hizo que embarcase hacia Estados  Unidos. Quería saber por qué los hippies estaban interesados en el zen. Fue recibido con todos los honores en un moderno monasterio de California. Ejo, a los pocos días, huyó de allí. No tenía más que su hábito de monje y un billete de  veinte dólares. Se acercó a una gran carretera, y con gestos -pues hablaba un inglés rudimentario- pidió que lo llevaran. Lo recogió un camión que transportaba naranjas. Ejo meditó sobre los perfumados frutos, viajando sin saber hacia dónde. Se durmió, y cuando despertó estaba en la inmensa capital de México.

          Por un azar, que me atrevería a llamar milagro, un discípulo de Erich Fromm, célebre psiquiatra que acababa de publicar en colaboración con Daisetz Teitaro Suzuki el libro Budismo zen y psicoanálisis, vio vagar por las calles de esa urbe de más de veinte millones de habitantes a un auténtico monje japonés... Maravillado, detuvo su automóvil, lo invitó a subir y lo llevó como regalo al grupo frommiano. Guardando celosamente el secreto de su presencia,  lo instalaron en las afueras de la ciudad, en una casita transformada en templo. Meses más tarde, cuando Ejo se dio cuenta de que antes de meditar los psiquiatras ingerían pastillas que les permitían soportar con sonrisa beata las dolorosas horas de inmovilidad, se despidió para siempre de ellos. Por una serie de circunstancias, que he descrito en otro libro, La danza de la realidad, yo había tenido la ocasión de conocer al maestro. Al verlo sin domicilio, le ofrecí mi casa para que la transformara en zendó [lugar para la meditación]. Ahí el monje encontraría sus primeros alumnos honestos: actores, pintores, estudiantes, karatecas, poetas, etc. Todos convencidos de que meditando iban a encontrar la iluminación, es decir, el secreto de la vida eterna. Vida que trascendía a la efímera carne. 

Pronto comprendimos que la meditación zen no era un juego.Mantenerse durante horas inmóvil, tratando de vaciar la mente, soportando dolores en las piernas y la espalda, acosados por el aburrimiento, era un trabajo titánico. Un día, cuando casi habíamos perdido la esperanza de obtener la mítica iluminación, oímos el ronronear de una potente moto que, de forma brusca, frenó frente a la casa. Alguien, dando vigorosos pasos, se dirigió hacia nuestra pequeña sala de meditación. Vimos entrar a un hombre joven, alto, de hombros anchos, brazos musculosos, melena larga y rubia, enfundado en un traje de cuero rojo. Se detuvo frente al maestro y le espetó con un marcado acento norteamericano: 
            
                   -¡Huiste de nuestro monasterio porque, con tus ojos rasgados, te sentías superior! ¡Crees que la verdad tiene un pasaporte japonés! ¡Sin embargo yo, un «despreciable» occidental, he resuelto todos los koans y vengo aquí a probado! ¡Te des afío! ¡Interrógame!
Nosotros, los discípulos, nos quedamos helados. De pronto nos sentimos en una película de vaqueros, donde un asesino reta a otro para ver quién dispara más rápido y certero. Ejo no se inmutó.
                            -¡Acepto! y entonces asistimos a una escena que nos dejó con la boca abierta. Para mí, como para los otros, los koans eran un misterio indescifrable. Cada vez que en algún libro leíamos uno, no comprendíamos absolutamente nada. Sabíamos que los monjes en Japón a veces meditaban sobre una de esas adivinanzas diez, veinte años. Preguntas como: «¿Cuál es la naturaleza de Buda?», y su respuesta: « ¡El ciprés en el jardín!», nos desesperaban. El zen no buscaba explicaciones filosóficas; pedía comprensión inmediata, más allá  de las palabras... Ese ciprés en el jardín nos derrotaba demostrándonos que, al no comprenderlo, no estábamos iluminados. Cuando le confesé estas angustias a Ejo, me respondió de forma abrupta: «¡Intelectual, aprende a morir!». Por todo aquello, fue para nosotros una conmoción profunda ver a ese agresivo, irrespetuoso y soberbio individuo responder veloz, sin dudar un segundo, a las preguntas del maestro.

      Ejo dio un aplauso:
-Éste es el sonido de dos manos, ¿cuál es el sonido de una mano?
El muchacho se sentó con las piernas cruzadas, irguió el tronco y, sin decir una palabra, estiró hacia delante su brazo derecho, alzando la mano abierta. Ejo le dijo:
         -¡Bien! Si oyes el sonido de una mano, pruébalo. El muchacho, sin una palabra, volvió a alzar su mano. Ejo continuó:
-¡Bien! Se dice que aquel que escucha el sonido de una mano se convierte en Buda. ¿Cómo lo harás? El muchacho, sin una palabra, volvió a alzar su mano. Otra vez Ejo dijo: 
-¡Bien!
     Mi corazón comenzó a latir con intensidad. Me di cuenta de que estaba presenciando algo extraordinario. Sólo una vez antes había sentido algo así: un torero español, el Cordobés, decidió citar al toro quedándose inmóvil como una estatua. La bestia embistió una y otra vez, pasando con sus cuernos a milímetros de su cuerpo, pero éste no cejó. Se formó entre el animal y el hombre una vorágine de energía que pareció ubicarlos en un tiempo y un espacio encantados, «el sitio», donde el error no podía existir... Ese invasor respondía, impasible y bien, a cada acometida de mi maestro. Había tal intensidad entre ellos, que nosotros, los discípulos, nos fuimos disolviendo en la sombra.

Ejo le dijo:
-Después de que te conviertas en cenizas, ¿cómo lo escucharás?
El muchacho volvió a alzar su mano. Ejo le dijo entonces:
-Que esa sola mano sea cortada por la espada Suimo, la más afilada de todas, ¿es posible? El visitante, con expresión de suficiencia, le respondió:  -Si es posible, demuéstrame que tú puedes hacerlo. 
    Ejo insistió:
-¿Por qué la espada Suimo no puede cortar esa mano? El muchacho sonrió:
-Porque esta mano se extiende por todo el universo. Ejo se levantó, acercó su rostro al del visitante y le gritó: -¿Qué es esa sola mano?
Él le respondió, gritando más fuerte aún:
-¡Es el cielo, la tierra, el hombre, la mujer, tú, yo, la hierba, los árboles, las motos, los pollos asados! ¡Todas las cosas son esta mano sola!
Ejo, con gran delicadeza, murmuró:
-Si estás oyendo el sonido de una mano, haz que yo también lo oiga.
El muchacho se levantó, le dio una bofetada y volvió a sentarse...
Ese golpe sonó como un disparo. Quisimos lanzarnos sobre el insolente para molerlo a golpes. El maestro nos contuvo con una sonrisa. Le preguntó al muchacho:
-¿Ahora que has escuchado el sonido de una mano, qué vas a hacer?
El visitante respondió:
-Conducir mi moto, fumar un porro, echar una meada.
El maestro, con voz apremiante, le dio una orden: -;Imita ese sublime sonido de una mano! 

El visitante. imitando el ruido de un camión que pasaba en ese momento por la calle. respondió:  -
broomm, brooommm... El monje lanzó un profundo suspiro, luego le preguntó: - ¿Cuán lejos va a llegar esa sola mano? El muchacho se inclinó, apoyó su mano en el piso. -Hasta aquí es lo más lejos que llega.
Ejo Takata lanzó una carcajada y, con un claro gesto, ofreció su lugar al visitante. Este, con aires de triunfador, se sentó en el sitio del maestro.-Has resuelto muy bien el koan compuesto por Hakuin Ekaku.
Lo interrumpió el muchacho exhibiendo su erudición:  -¡Célebre maestro zen japonés, nacido en 1686 y muerto en 1769! Ejo hizo una reverencia y continuó:
-Ahora que has demostrado tu perfecta iluminación, te pido que expliques a mis intrigados discípulos el significado de tus gestos y palabras... - ¿Puedes hacerlo?
-¡Por supuesto que puedo!  -respondió con gran orgullo el maestro Peter (así exigió que lo llamáramos)-. Cuando este monje me pide que le pruebe que he oído el sonido de una mano, elimino toda explicación con un gesto que significa «Es lo que es». Cuando me pregunta si voy a ser un Buda, es decir, iluminarme, no caigo en la trampa de la dualidad: «iluminación/no-iluminación». ¡Tonterías! Mi mano alzada
dice «Unidad, aquí y ahora". Respecto a convertirme en cenizas, caigo en la trampa de la «existencia/inexistencia». ¡Si soy, soy aquí, eso es todo! La noción «después de morir» sólo existe cuando uno está vivo... En cuanto a la espada Suimo que todo lo corta, respondo que no hay nada que pueda ser cortado. Si cortas lo que no es, sigues teniendo nada... ¿Por qué no se puede cortar esa mano? Porque al llenar todo el universo elimina toda distinción. Cuando me solicita que le haga oír el sonido de una mano, le doy una bofetada para indicarle que no debe subestimar su propia comprensión del koan... Al pedi rme que describa el «sublime» sonido de una mano, me tiende una trampa. La expectación de una experiencia extraordinaria es un obstáculo en el camino de la iluminación. Imitando un ruido real le explico que no hay ninguna diferencia entre ordinario y extraordinario. A la pregunta de qué voy a hacer cuando me ilumine, le respondo detallándole mis actividades cotidianas. ¡Basta de planes para iluminarse en el futuro! 
             Comprendamos que, sin darnos cuenta, siempre hemos estado iluminados. «¿Cuán lejos va a llegar esa mano?» es otra pregunta trampa: la iluminación no se localiza en el espacio. El visitante, satisfecho de sus propias palabras, se dio una palmada en el vientre y exclamó con vanidosa autoridad: -¡Aquí, sólo aquí y nada más que aquí!

               Viendo tal desparpajo, nosotros esperamos que Ejo expulsara al americano de su sitio. Nos horrorizaba tener que aceptar como maestro a tal energúmeno. Pero no, Ejo continuó sentado frente a él en
actitud de discípulo. Sonriendo, le dijo:
-En el sistema de Hakuin hay dos koans que son más importantes que todos los otros. Has resuelto el primero de forma perfecta, quiero ver ahora si eres capaz de resolver el segundo... Con el rostro invadido por una vanidosa expresión, el americano exclamó:
-¡Por supuesto!, es la pregunta sobre la naturaleza del perro.
-Exacto, la pregunta sobre la naturaleza del pero a la que Joshu respondió. Peter interrumpió otra vez, poniéndose a recitar a toda velocidad:
-Joshu, figura central del zen chino, nació en el año 778 y comenzó muy joven a  estudiar con el maestro Nansen. Cuando Nansen murió, Joshu tenía 57 años. Se quedó en ese monasterio honrando la memoria de su maestro durante tres años más. Luego partió en busca de la verdad. Viajó durante veinte años. A los 80, fijó su residencia en su aldea nativa en la provincia de Jo. Allí enseñó hasta que murió con
119 años...
-¡Estupenda erudición! -exclamó Ejo. Luego nos miró y exigió-: ¡Aplaudan! Me sumé a mis compañeros, aplaudiendo con envidia. El maestro Peter se puso de pie y nos saludó haciendo varias orgullosas reverencias.
-Veamos  -le dijo Ejo-: un monje pregunta al maestro Joshu «¿Tiene un perro la naturaleza de Buda?». Joshu responde «Mu». ¿Qué puedes decir tú? Peter fue incorporándose mientras murmuraba:
-Mu en japonés significa: «no, inexistencia, vacío». También es un árbol, un ladrido, en fin... -ya de pie, frente a Takata, gritó tan fuerte que las ventanas se estremecieron-: «¡MU!». Comenzó un nuevo duelo de preguntas y respuestas. -Dame las pruebas de ese Mu.
-¡MU!
-Si es así, ¿de qué manera te iluminarás?
-¡MU!
-Bien, entonces, después de que te incineren, ¿cómo será ese Mu?
-¡MU!
Los gritos del gringo se hacían cada vez más intensos. Takata, por el contrario, preguntaba cada vez con un tono más respetuoso. Poco a poco se humillaba ante ese exaltado que encontraba al instante las respuestas correctas. Temí que el diálogo continuase así durante horas. Pero hubo un ligero cambio. Las repuestas se hicieron más largas. En otra ocasión, cuando le preguntaron a Joshu si un perro tenía la naturaleza de Buda, respondió
«¡Sí!». ¿Qué piensas de aquello?
-Incluso si Joshu dice que un perro tiene la naturaleza de Buda, yo simplemente gritaré «¡Mu!» con todas mis fuerzas. -¡Muy bien! Ahora, dime: ¿cómo trabaja tu iluminación con el Mu? Peter se levantó y dio unos cuantos pasos diciendo: -Cuando es necesario ir, voy -luego, regresó a su sitio y se sentó-. Cuando es necesario sentarse, me siento.
-¡Muy bien! Ahora explica la diferencia entre el estado de Mu y el estado de ignorancia.
-Tomé mi moto y desde aquí me fui al Paseo de la Reforma, desde allí caminé hasta el Palacio de Gobierno. Luego, regresé al Paseo de la Reforma, tomé mi moto y volví por el mismo camino hasta aquí.
Esta respuesta nos dejó a todos perplejos. El gringo nos miró con aire de perdonavidas:
-El japonés ha querido que le explique la diferencia entre iluminación y no -iluminación. En mi descripción de un viaje comenzando en un sitio y regresando al mismo punto, rech acé la distinción entre
sagrado y mundano.
Lo ingenioso de su respuesta nos obligó, muy a nuestro pesar, a admirarlo.
-Muy bien -dijo Ejo con una sonrisa que me pareció aduladora-, ¿cómo es el origen de Mu?
-¡No hay cielo, no hay tierra, ni montañas ni ríos, ni árboles ni plantas, ni peras ni manzanas! ¡No hay nada, ni yo ni ningún otro! ¡Incluso estas palabras son nada! ¡Mu! Ese Mu fue tan fuerte que los perros de la vecindad se pusieron a ladrar. A partir de aquel momento el diálogo adquirió más y más velocidad.
-¡Entonces, dame tu Mu!
-¡Toma: -Peter colocó en las manos de Takata un cigarrillo de marihuana.
-¿Cuál es la altura de tu Mu?
-Mido un metro ochenta y dos.
-Di tu Mu tan simplemente que un niño pueda comprenderlo y ponerlo en práctica.
-Arrorró... -musitó Peter como si estuviera haciendo dormir a un niño.
-¿Cuál es la distinción entre Mu y Todo?
-Si tú eres Todo, yo soy Mu. Si eres Mu, soy Todo.
-Muéstrame diferentes Mu.
-Cuando como, cuando bebo, cuando fumo, cuando fornico, cuando duermo, cuando bailo, cuando tengo frío, cuando tengo calor, cuando cago, cuando canta un pájaro, cuando ladra un perro: ¡Mu!, ¡Mu!,
¡Mu!, ¡Mu!, ¡Mu!, ¡Mu!, ¡Mu!, ¡Mu!, ¡Mu! Los gritos se hicieron atronadores.  Un verdadero escándalo. Parecía que el poseso nunca iba a cesar de repetir su sílaba. Ejo, levantándose de un salto, tomó su bastón y emitiendo el impresionante grito zen  kuatsu!, comenzó a apalearlo. El maestro Peter, furioso, se arrojó contra él. Ejo utilizó sus
conocimientos de judo, que hasta ahora había mantenido ocultos, y con una rápida llave lo lanzó de espaldas al suelo. Luego, puso un pie en su garganta, inmovilizándolo.

        -¡Vamos a ver si tu iluminación supera al fuego!
Mientras arrastraba brutalmente hacia la calle al gringo, agarró una lámpara. En el barrio, frecuentemente había apagones de electricidad. Cuando sucedía esto, usábamos velas y un par de lámparas de petróleo. Ejo, ante el acobardado  visitante, vació el petróleo sobre la motocicleta.
Prendió un encendedor. El gringo quiso levantarse, gritando:
-¡Nooo! Ejo, de un certero puntapié en el pecho, lo tiró otra vez de espaldas.
-¡Quieto!, aquí tienes otro koan: «¿Iluminación o motocicleta?». Si respondes «iluminación», la incendio. Si respondes «motocicleta», te  vas en ella. Pero antes me entregas ese libro que has aprendido
de memoria... El maestro Peter pareció desmoronarse. Murmuró con un tono lastimero «Motocicleta»... Se levantó y, arrastrando los pies, fue a abrir una caja que llevaba en la parte posterior del vehículo. Extrajo de ella un libro de tapas rojas que entregó al que, otra vez, considerábamos nuestro maestro. Ejo leyó el título: The sound of the one hand: 281 Zen koans with answer, y luego gritó al vencido:
-¡Tramposo, aprende a ser lo que eres!
El rostro del visitante enrojeció. Se arrodilló ante el monje, apoyó sus manos en el suelo y humildemente imploró:
-Por favor, maestro. Ejo, con su bastón plano, le dio tres golpes en el omóplato izquierdo y tres en el derecho, seis impactos sobre la piel roja que resonaron como disparos, luego alzó una mano abierta. El americano se puso de pie. Pareció haber comprendido algo esencial. Suspiró:
-Gracias, sensei [maestro].
y se alejó para siempre en su poderosa moto. 




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