martes, 22 de enero de 2013

Robert Bly: Juan de hierro (1990)


 Partir a hombros
  del Hombre            Primitivo
 


El momento en el que el niño parte con Juan de Hierro es el momento en que, en la antigua Grecia, el sacerdote de Dionisios aceptaba a un joven como discípulo, o el momento en que, en las comunidades esquimales actuales, el chamán, a menudo totalmente cubierto con pieles de animales, con garras de glotón y vértebras de serpiente colgadas del cuello y una cabeza de oso a modo de gorra, aparece en el poblado y se lleva consigo a un niño para darle instrucción espiritual. En nuestra cultura no existe momento semejante. Los niños tienen una permanente necesidad de ser iniciados al espíritu masculino, pero, en general, los mayores no se la proporcionan. A veces lo intenta el sacerdote, pero hoy en día éste está demasiado integrado al mundo corporativo. Entre los hopis y otros nativos americanos del Sudoeste, los mayores se llevan al niño a la edad de doce años y descienden con él al área masculina de la kiva. Éste permanece allí abajo durante seis semanas, y no vuelve a ver a su madre durante un año y medio. El problema del núcleo familiar actual no es tanto la locura como la gran cantidad de contradicciones (eso se da también en comunas, en la oficina y, de hecho, en cualquier grupo). El problema es que los hombres mayores que están fuera del núcleo familiar ya no pueden ofrecer al hijo una manera efectiva de romper las ataduras con sus padres sin que resulten dañados. En las sociedades antiguas se creía que un niño sólo se hace hombre mediante el ritual y el esfuerzo; mediante «la intervención activa de los mayores».


                   Empezamos a entender que la masculinidad no nos viene dada; no ocurre sólo porque comemos cereales. La intervención activa de los mayores quiere decir que éstos dan la bienvenida al joven al antiguo, mítico e instintivo mundo masculino. Una de las mejores historias que he escuchado acerca de este tipo de bienvenida es la que tiene lugar cada año entre los kikuyu, en África. Cuando un niño tiene edad suficiente para ser iniciado, es apartado de su madre y llevado a un lugar especial que los hombres han preparado a cierta distancia de la aldea. Allí ayuna durante tres días. La tercera noche la pasa sentado en círculo alrededor del fuego, con los hombres más ancianos. Está hambriento, sediento, alerta y aterrado. Uno de los más viejos saca un cuchillo, se abre una vena y deja caer unas gotas de su sangre en una calabaza o en un cuenco. Cada anciano del círculo se abre una vena con el mismo cuchillo a medida que el tazón pasa de mano en mano, y deja caer un poco de sangre. Cuando el tazón llega a las manos del joven, se le invita a saciarse de él. En este ritual el muchacho aprende muchas cosas.     
                 Aprende que el alimento no sólo proviene de su madre, sino también de los hombres. Y aprende que además de arma para herir a otros, el cuchillo puede usarse para muchos propósitos. A estas alturas ¿puede seguir dudando de que ha sido acogido entre los demás varones?    
               Finalizado el ritual de acogida, el más viejo del grupo le enseña los mitos, los cuentos y las canciones que encarnan los valores característicos masculinos; no me refiero únicamente a los valores competitivos, sino también a los espirituales. El aprendizaje de estos mitos «húmedos» y los mitos mismos llevan al joven mucho más allá de su propio padre, hacia la humedad de los pantanosos padres que se remontan a siglos de antigüedad. 

                 
                    ¿Qué ocurre cuando falta la labor consciente realizada por los ancianos? La iniciación de los hombres occidentales perduró con altibajos durante un tiempo después de que los fanáticos destruyeran las escuelas griegas de iniciación. En el siglo XIX, los abuelos y los tíos vivían en casa, y los más viejos tenían mucha participación. En grupos de caza, en trabajos que los hombres realizaban juntos en granjas y barracas y en deportes locales, los más viejos pasaban mucho tiempo con los más jóvenes, a quienes proporcionaban conocimientos sobre el espíritu y el alma masculinos.
                    Wordsworth, al comienzo de «La excursión», describe a un viejo que, cuando él era niño, permanecía sentado día tras día bajo un árbol y le ofrecía su amistad:
             Me quería: de entre una multitud de chicos sonrosados. Me eligió, como en broma decía, por mi aspecto serio, demasiado pensativo para mi edad. Con el tiempo, me llegué a sentir orgulloso de ser su amigo elegido. A menudo, en días de fiesta, paseábamos por el bosque...
     La posibilidad de esa mezcla fortuita en gran parte se ha perdido. 

          Los clubes y las asociaciones masculinas han ido desapareciendo progresivamente. Los abuelos viven en Phoenix o en el hogar de ancianos, y muchos chicos sólo se relacionan con otros chicos de su edad que, desde el punto de vista de los viejos iniciadores, lo desconocen todo.    Durante los años sesenta, algunos jóvenes extrajeron fuerzas de mujeres que, a su vez, habían recibido parte de las suyas del movimiento feminista. Se podría decir que muchos varones jóvenes de los sesenta intentaron iniciarse con mujeres. Pero los hombres sólo se pueden iniciar con hombres, del mismo modo que las mujeres sólo pueden iniciarse con mujeres. Las mujeres pueden transformar el embrión en niño, pero sólo los hombres pueden transformar al niño en hombre. Los iniciadores dicen que los niños necesitan ser paridos por segunda vez, en esta ocasión por hombres. En uno de sus ensayos, Keith Thompson se describe a sí mismo a los veinte años como un típico joven «iniciado» por las mujeres. Sus padres se divorciaron cuando él tenía doce, y él vivió con su madre mientras su padre lo hacía en un piso cercano.


Durante el período escolar, Keith estuvo más cerca de las mujeres que de los hombres, y esta situación se prolongó durante los años de universidad, en los que sus mejores amistades eran feministas a las que describe como maravillosas, cultas y generosas, y de las que aprendió una infinidad de cosas. Luego, en Ohio, se metió en la política y trabajó con mujeres y en asuntos de mujeres. Por aquellos años tuvo un sueño. Se vio corriendo por el bosque con una manada de lobas. Los lobos le sugerían, sobre todo, independencia y vigor. La manada de lobas avanzaba de prisa en formación, y finalmente llegó a la orilla de un río.   
             Las lobas se miraron en el agua y todas vieron el reflejo de su propia cara. Pero cuando Keith se miró en el agua, no vio ninguna cara. Los sueños son sutiles y complicados, y no conviene sacar conclusiones apresuradas. Sin embargo, la última imagen sugiere una idea inquietante. Cuando las mujeres, aun con las mejores intenciones, crían solas a un niño, éste podría no tener cara de hombre, o sencillamente podría no tener cara. Por el contrario, los viejos iniciadores transmitían a los niños cierta seguridad invisible y muda; ayudaban a los niños a ver su verdadero rostro o su verdadero ser. Por lo tanto, ¿qué se puede hacer? Miles y miles de mujeres separadas o viudas crían a sus niños sin la presencia de un hombre adulto en casa. Las dificultades propias de esta situación se hicieron evidentes un día, en Evanston, mientras daba una conferencia sobre la iniciación de los varones a un grupo integrado en su mayor parte por mujeres. Las mujeres que criaban solas a sus hijos eran sumamente conscientes de los peligros de la falta de un modelo masculino. Una mujer explicó que cuando su hijo entró en la secundaria vio claro que debía ser más severa de lo que le salía de modo natural. Pero que si se hacía más severa para afrontar esta necesidad, perdería contacto con su propia feminidad. Mencioné la solución clásica en muchas culturas tradicionales, que es enviar al niño con su padre cuando cumple los doce. Varias mujeres respondieronterminantemente:    
                 «No, los hombres son incapaces de educar; no se ocuparían de él.» Sin embargo, muchos hombres —y yo entre ellos— descubrieron en sí mismos una capacidad para educar a sus hijos que desconocían hasta que se vieron obligados a ello. Aun cuando el padre viva en la misma casa, puede que haya un fuerte lazo encubierto entre madre e hijo para expulsar al padre, lo que equivale a una conspiración, y las conspiraciones son difíciles de romper. 

              
             Una mujer con dos hijos disfrutaba asistiendo cada año a un congreso en San Francisco con su marido, dejando a los niños en casa. Pero una primavera, al volver de un retiro de mujeres, sintió el deseo de estar a solas y le dijo a su marido: «¿Por qué no te llevas a los niños este año?» El padre accedió. Los niños, de diez y doce años, apenas habían disfrutado la compañía de su padre sin la presencia de la madre.   
           Después de esa experiencia, solicitaron estar más tiempo con el padre. La primavera siguiente, la madre volvió a decidir que quería estar sola, y los niños volvieron a viajar con su padre. Cuando llegaron a casa, la madre estaba en la cocina, de espaldas a la puerta, y el mayor de los hijos se acercó a ella y la estrechó por detrás. Instintivamente, el cuerpo de ella reaccionó con violencia y el muchacho fue lanzado al otro lado de la cocina, chocando contra la pared. Cuando se recobró, dijo ella, la relación entre ambos había cambiado. Había ocurrido algo irrevocable. A ella le alegró el cambio, y el muchacho se mostró sorprendido y algo aliviado por el hecho de que, aparentemente, su madre ya no le necesitara como antes. Esta historia sugiere que la tarea de separación puede llevarse a cabo aun cuando no sean los viejos iniciadores quienes provoquen la ruptura. Puede provocarla la propia madre. Requiere una buena dosis de intensidad y, por lo visto, en cierta medida fue el cuerpo de la mujer y no su mente el que realizó la tarea. 


               Otra mujer contó una historia en la que el hijo era quien rompía la conspiración madre/hijo. Criaba ella sola a un niño y dos niñas, y mientras las chicas no tenían problemas, con el niño ocurría lo contrario. A los catorce, el chico se fue a vivir con su padre, pero volvió al cabo de un mes. Cuando regresó, la madre se dio cuenta de que tres mujeres en casa eran demasiadas mujeres para un solo niño, pero, ¿qué podía hacer? Pasaron dos o tres semanas. Una noche le dijo a su hijo:   
          «John, es hora de cenar.» Al cogerle del brazo él estalló, y ella fue despedida al otro extremo de la habitación: el mismo tipo de explosión que en la historia anterior. No hubo intento de abuso en ninguno de los dos casos, y no hay evidencia de que el hecho se repitiera. En cada caso la psique o el cuerpo sabían lo que la mente desconocía. Cuando la madre se incorporó, dijo: «Es hora de que vuelvas con tu padre», y el muchacho repuso: «Tienes razón.»

                
                Es preferible la ruptura de la iniciación tradicional porque evita la violencia. Por todas partes se ven muchachotes comportándose desagradablemente en la cocina y habiéndole groseramente a sus madres, y creo que es un intento de hacerse a sí mismos desagradables. Si el hombre adulto no ha hecho lo suyo por interrumpir la unidad madre/hijo, ¿qué pueden hacer los chicos para librarse, si no es hablar groseramente? Es una actitud inconsciente y poco elegante. 
          Es fundamental una ruptura total con la madre, pero sencillamente no ocurre. Esto no quiere decir que las mujeres estén haciendo las cosas mal: creo que el verdadero problema es que los hombres mayores no hacen lo que les corresponde. La manera tradicional de educar a los hijos, que duró miles y miles de años, suponía que padres e hijos vivían en estrecha —ferozmente estrecha— proximidad, mientras el padre enseñaba un oficio al hijo: labranza, carpintería, herrería o sastrería. Como he sugerido en otra parte, la relación afectiva más perjudicada por la Revolución Industrial es la atadura entre padres e hijos. Es inútil idealizar la cultura preindustrial, aunque sabemos que actualmente muchos padres trabajan a cuarenta o sesenta kilómetros de casa y que, cuando vuelven a casa, tarde por la noche, sus hijos ya están acostados y ellos mismos están demasiado cansados como para ejercer sus funciones de padre. La Revolución Industrial, al necesitar trabajadores para fábricas y despachos, alejó a los padres de sus hijos y, además, colocó a los hijos en escuelas obligatorias en las que la educación es impartida sobre todo por mujeres.


D. H. Lawrence describió esta situación en su ensayo «Los hombres deben trabajar y las mujeres también». Su generación en las áreas mineras de carbón de Inglaterra sintió la brutal fuerza del cambio, y la nueva actitud se centró en una idea: el trabajo físico es malo. Lawrence recuerda que su padre, que nunca había oído esta teoría, trabajaba a diario en las minas, disfrutaba de la camaradería con los demás hombres, llegaba a casa de buen talante y tomaba su baño en la cocina.  
                Pero por aquella época llegaron nuevos profesores de Londres para enseñar a Lawrence y a sus compañeros de clase que el trabajo físico es vulgar e indigno y que hombres y mujeres deben luchar por alcanzar un nivel más «espiritual»: un trabajo superior, intelectual. Los niños de esta generación llegaron a la conclusión de que sus padres siempre habían hecho las cosas mal, que el trabajo físico de los hombres era algo malo y que esas madres sensibles que preferían cortinas blancas y una vida elevada estaban en lo cierto y siempre lo habían estado.


Durante su adolescencia, que describió en Hijos y amantes, Lawrence se dejó convencer por el nuevo profesorado. Quería esa vida «más alta» y tomó partido por su madre. No fue sino hasta dos años antes de morir, enfermo ya de tuberculosis en Italia, que Lawrence reparó en la vitalidad de los obreros italianos y comenzó a sentir una profunda nostalgia por su padre. Comprendió entonces que el arribismo de su madre le había hecho daño y le había llevado a separarse de su padre y de su cuerpo de forma infructuosa. Una idea sencilla y clara, bien alimentada, avanza como una enfermedad contagiosa: «El trabajo físico es malo.» Mucha gente además de Lawrence recogió esa idea, y en la siguiente generación fue aún más grande el distanciamiento entre padres e hijos. Un hombre entraba a trabajar en un despacho, y se hacía padre él mismo, pero al no compartir ningún trabajo con su hijo, no podía explicarle qué hacía. El padre de Lawrence podía bajar a la mina con su hijo, como mi propio padre, que era granjero, podía llevarme en el tractor y enseñarme en qué consistía su trabajo. 
           Yo sabía lo que hacía a todas horas del día y en todas las estaciones del año. Con el trabajo de oficina y la «revolución informática» se empezó a desintegrar el lazo entre padres e hijos. Si el padre sólo pasa en el hogar un par de horas cada tarde, los valores de la mujer, maravillososcomo son, serán los únicos valores domésticos. Se podría decir que hoy por hoy el padre pierde a su hijo a los cinco minutos de su nacimiento.


Cuando en la actualidad llegamos a una casa, lo más común es que sea la madre la que salga a recibirnos. El padre se encuentra en algún otro lugar en la parte trasera, sin decir palabra. A continuación transcribo un poema mío que se titula «En busca del padre»:

          Amigo, este cuerpo se ofrece a llevarnos sin pedir nada a cambio, como el océano lleva leños. 
    Algunos días el cuerpo gime con su gran energía; destroza los cantos rodados, levantando pequeños cangrejos, que fluyen por los lados.
    Alguien llama a la puerta. No tenemos tiempo para cambiarmos.     Quiere que le sigamos por las ventosas y lluviosas calles hasta la casa oscura.


                
          Iremos, dice el cuerpo, y encontraremos allí al padre que nunca conocimos, que deambuló sin rumbo bajo una tormenta de nieve la noche que nacimos, y que luego perdió la memoria, y desde entonces vive suspirando por su hijo, a quien sólo vio, una vez..., mientras trabajaba como zapatero, como pastor en Australia, como cocinero en un restaurante y pintor por las noches. Cuando enciendas la lámpara le verás. Estará sentado junto a la puerta..., las cejas tan pobladas, la frente tan despejada..., sólo en todo su cuerpo, esperándote. 




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