domingo, 29 de abril de 2012

Rabindranath Tagore (1861–1941) রবীন্দ্রনাথ ঠাকুর


Apólogos


                     Apólogo del misterio

      No has oído su paso silencioso? El viene, viene, viene eternamente.
   A cada instante, en todas las épocas y edades, cada día, cada noche, él viene,
viene, viene desde siempre.
   Yo he cantado muchas canciones de diversa entonación, pero en ellas cada nota,
cada palabra, clamaba siempre: él viene, viene, viene eternamente.
   En los días embalsamados del absorto abril, por el camino secreto de la selva,
él viene, viene, viene eternamente.
   Entre la angustia tempestuosa de  las noches de julio, sobre el carro resonante
de las nubes, él viene, viene, viene eternamente.
   Entre una pena y otra pena tan sólo hay el espacio de su paso que me oprime el
corazón; y mi alegría sólo amanece al roce dorado de su pie.
   ¡El viene, viene, viene eternamente!



Apólogo de la perfección                     

   
Cuando la creación estaba recién nacida y las estrellas brillaban, unánimes, con
su primer esplendor virginal, los dioses se reunieron sobre el cielo en dichosa asamblea
y cantaron: "¡Oh, espejo de la perfección! ¡Oh, júbilo sin sombra! "
   Mas uno de los dioses exclamó de pronto: "Parece que hay en alguna parte un vacío en
esta cadena de claridad y que una de las estrellas se ha perdido."
   La melodía de oro de las arpas se calló; el canto se detuvo y los dioses clamaron desolados:
   "Es verdad, y era la más bella esa estrella perdida. ¡Era la gloria y diamante sumo de los
cielos!"
   Desde aquel día la buscan sin cesar y de uno a otro este lamento se trasmite:
"¡Con esa estrella el mundo ha perdido su alegría! "
   Entre tanto, en el profundo silencio de la noche, las estrellas sonríen y murmuran entre sí:
"¡Vana es la búsqueda: la perfección sin pausa reina doquier!"



Apólogo de la esperanza en Dios

   
Había salido yo, mendigo de puerta en puerta, por el camino de la ciudadcuando de un recodo surgió
tu carroza de oro semejante a un sueño matinal. Y mi alma se inclinó de asombro ante quien parecía
el Rey de todos los reyes !
   Y mis esperanzas se alzaron y pensé: he aquí que ha llegado el fin de los días tristes;
y ya me alistaba a recoger las ricas limosnas esparcidas en el polvo.
   La carroza se detuvo frente a mí. Tu mirada cayó sobre mi pobreza y, sonriendo,
descendiste al camino. Yo sentí que había llegado la grande y única oportunidad de mi vida.
   Entonces, tendiéndome tu mano derecha, dijiste: "¿Que tienes para darme?"
   ¡Oh!, ¿que regia burla era esta de tenderle la mano a un mendigo para mendigar? Quedé un
instante confuso y perplejo; luego, lentamente, saqué de mi alforja un grano de trigo y te lo di.
   Mas cuál sería mi sorpresa, cuando, por la tarde, al vaciar mi saco en el suelo, encontré un
granito de oro entre mis pobres granos. Lloré amargamente y me lamenté de la sordidez de
mi corazón que no supo darte cuanto poseía.



Apólogo de la gracia

   
Ellos conocían el camino y se fueron a buscarte a lo largo del estrecho sendero;
pero yo erraba lejos, en la noche, pues era ignorante.
   Yo no era lo suficientemente sabio para tener miedo de ti en la oscuridad, y por esto encontré tu puerta por casualidad.
   Los sabios me rechazaron y me ordenaron que regresara, pues no había seguido el sendero
estrecho.
   Lleno de duda iba a regresar, cuando me estrechaste, fuertemente, contra ti; y cada día
crece la cólera de los sabios contra mí.



Edición de la Editorial 
Aguilar (Biblioteca Premios Nobel),
versión de  Zenobia Camprubi de Jiménez ,
esposa del poeta Juan Ramón Jiménez.





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